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La superficial carrera presidencial

A pocas semanas de una de las elecciones más importantes en la historia reciente de Colombia, nuestro país enfrenta una rara situación. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para informarnos, pero sin profundidad, sin debate, sin argumentos.
Imagen
José Monroy
Crédito
Ecos del Combeima
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3 Mayo 2026 - 9:41 COT por José Adrián Monroy

Hoy, la contienda electoral no se está definiendo en escenarios de discusión profunda, ni en debates abiertos entre candidatos. Se está jugando, principalmente, en redes sociales, en videos de pocos segundos, en frases diseñadas para viralizarse y en emociones cuidadosamente estimuladas y calculadas. La política ha dejado de ser, en gran medida, un ejercicio de deliberación para convertirse en un ejercicio de posicionamiento y de abundante marketing.

Cuando las campañas se enfocan en el impacto inmediato, en el “me gusta”, en la tendencia, en el los videos compartidos, el contenido se vuelve en algo simple. Las propuestas complejas se vuelven consignas, los matices desaparecen y la verdad empieza a competir en desventaja frente a la narrativa que guste así diga mentiras.
Hoy no necesariamente gana quien tiene el mejor programa de gobierno. Gana quien logra conectar más rápido con la emoción de la gente: el miedo, la indignación, la esperanza. Y aunque esto ha sido siempre parte de la política, la diferencia es que ahora está amplificado por las redes sociales que premian lo polémico sobre lo que realmente importa.

En este contexto, la polarización deja de ser un efecto secundario y se convierte en una estrategia. Dividir moviliza. Radicalizar fideliza. Pero también tiene un costo, pues reduce la posibilidad de construir consensos en un país que, después de las elecciones, será aún más difícil de gobernar.

Mientras tanto, los ciudadanos promedio, los de a pie,  observan este escenario con una mezcla de interés y frustración. Nuestras preocupaciones son concretas: la seguridad, el costo de vida, las falta de oportunidades; expectativas que quedan atrapadas en medio de una discusión política que prefiere la confrontación sobre las soluciones.

Que no se hagan debates serios entre quienes lideran las encuestas, refleja una política que prefiere el control del mensaje antes que el contraste de ideas, y que entiende que, en la lógica actual, exponerse puede ser más riesgoso que convencer.
Nuestro país no necesita menos política, necesita una mejor política. Una que no tema debatir, que no reduzca al ciudadano a un espectador de contenidos y que no confunda popularidad con legitimidad.

Porque si la democracia se convierte únicamente en un juego de percepciones, corremos el riesgo de tomar decisiones trascendentales con información superficial. Y las consecuencias de esas decisiones no se verán en las redes sociales, sino en la vida cotidiana de 50 millones de colombianos.

En una elección, el voto es individual. Pero sus efectos son colectivos. Por eso, en medio del ruido, la responsabilidad de pensar sigue siendo, más que nunca, un acto profundamente político, donde el ciudadano del común tiene el mismo peso que el más poderoso y ese poder, es inmenso.
 

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