Ibagué, 476 años: ¿Qué ciudad queremos ser en los próximos diez?
El pasado 14 de octubre Ibagué cumplió 476 años. Fue fundada el 14 de octubre de 1550 por el capitán español Andrés López de Galarza con el nombre de Hidalga Villa de San Bonifacio, en medio de una geografía tan exuberante como desafiante, entre el cañón del Combeima y el valle del Magdalena, sobre la cordillera Central de los Andes. Casi cinco siglos después, la ciudad tiene 557.317 habitantes según las proyecciones del DANE para 2026, es el municipio más poblado del Tolima y concentra el 40,1% de la población total del departamento. Son datos que hablan de una ciudad que creció, que se transformó y que hoy tiene una masa crítica de personas, de empresas y de talento suficiente para plantearse conversaciones de largo plazo sobre su propio futuro.
El cumpleaños de una ciudad hermosa como la nuestra además de merecerse torta y concierto. Debería ser también el momento de mirarse con honestidad y preguntarse qué tan lejos hemos llegado y qué tan lejos queremos llegar. Y esa pregunta, en el caso de Ibagué, tiene respuestas que incomodan y respuestas que ilusionan, a veces al mismo tiempo.
En el trimestre abril-junio de 2026, la tasa de desempleo de Ibagué fue de 12,8%, ubicándola en el tercer puesto entre las 23 ciudades y áreas metropolitanas monitoreadas por el DANE, solo por detrás de Quibdó y Cartagena. El desempleo juvenil, que históricamente ha sido uno de los talones de Aquiles más persistentes de la ciudad, sigue siendo estructuralmente alto. Uno de cada cinco jóvenes ibaguereños en edad de trabajar no encuentra empleo. Esa cifra no es nueva, y precisamente por eso merece más atención: los problemas que una ciudad no resuelve en un cuatrienio tampoco los resuelve en el siguiente si no cambia la forma de abordarlos. Y la informalidad laboral sigue siendo la realidad cotidiana de una parte importante de la fuerza productiva de esta ciudad.
Pero hay otra cara del mismo espejo que también merece ser nombrada. Ibagué cerró 2025 con 30.875 empresas activas en la jurisdicción de la Cámara de Comercio, con un crecimiento del 13,96% en nuevas matrículas frente al año anterior. Es una ciudad que crea empresas con una energía real y sostenida. Que tiene universidades, que produce talento, que cuenta con una ubicación geográfica estratégica en el centro del país y que este año fue identificada como la segunda ciudad intermedia con mayor crecimiento en ocupación hotelera de Colombia, según Cotelco. Eso no es menor. Es un activo que muchas ciudades del tamaño de Ibagué no tienen.
Entonces, ¿por qué con todo eso seguimos con indicadores laborales que nos ubican entre los más difíciles del país? La respuesta no es sencilla ni tiene un solo responsable, pero hay dos conversaciones que Ibagué tiene pendientes y que ningún cumpleaños debería seguir aplazando.
La primera tiene que ver con los egos institucionales. Ibagué cuenta con universidades, gremios, cámaras, alcaldía, gobernación, entidades de fomento y organizaciones de la sociedad civil que podrían, en conjunto, construir un ecosistema económico de verdad. Pero con frecuencia cada actor jala hacia su propio programa, su propio indicador, su propia vitrina. La cooperación real, la que cede protagonismo y co-crea desde la complementariedad, sigue siendo la excepción y no la regla. Y mientras tanto, el emprendedor de Ibagué navega esa oferta fragmentada tratando de entender a quién acudir y para qué.
La segunda conversación, quizás más incómoda, tiene que ver con cómo valoramos lo nuestro. Ibagué tiene consultores, formadores, expertos en emprendimiento, en cultura, en gastronomía, en música, en agroindustria. Talento real, formado aquí, con conocimiento profundo del territorio. Y sin embargo, con demasiada frecuencia se busca al experto de afuera porque el acento nuevo genera más credibilidad que la trayectoria local. Y lo paradójico es que ese mismo perfil que en Ibagué puede parecer “más de lo mismo”, en Bogotá, en Medellín o en otro país es convocado, pagado y aplaudido. No es un fenómeno exclusivo de aquí, pero es una conversación que esta ciudad tiene que darse con madurez: nadie es profeta en su propia tierra, dice el refrán, y mientras sigamos importando lo que ya producimos, seguiremos exportando el talento que más necesitamos retener.
Ibagué cumplió 476 años. No es una ciudad joven. Es una ciudad con historia suficiente para saber de lo que es capaz y con futuro suficiente para decidir lo que quiere ser. Los próximos diez años van a definir si esta ciudad da el salto que lleva décadas anunciando o si sigue siendo la ciudad que casi llega. Ese salto no lo da ninguna administración sola, ni ninguna entidad por su cuenta. Lo da una ciudad que decide mirarse con honestidad, apostar por sus propios, construir en conjunto y dejar de dividirse en los momentos en que más necesita unirse.
Feliz cumpleaños, Ibagué. Ojalá el mejor regalo que nos demos sea ese: la decisión colectiva de construir juntos lo que solos no hemos podido.