Tolima en el top 11: competimos, ¿pero hacia dónde vamos?
Según el informe elaborado por el Consejo Privado de Competitividad y la Universidad del Rosario, pasamos del puesto 12 al 11 y mejoramos nuestro puntaje hasta 5,58 sobre 10. No es un detalle menor: significa que hemos avanzado y que hay decisiones públicas y esfuerzos privados que empiezan a notarse en los datos.
Pero esta vez tampoco dejo de hacer un llamado a la reflexión; la pregunta que deberíamos hacernos no es solo “en qué puesto estamos”, sino “para qué queremos ser competitivos” y “hacia dónde estamos orientando esa competitividad”. Porque un buen lugar en un ranking es apenas un punto de partida, no un destino.
El IDC mide factores como infraestructura, educación, entorno para los negocios, sofisticación económica, innovación, entre otros. En la lectura de 2025, distintos análisis coinciden en que el Tolima se destaca especialmente en pilares como infraestructura, educación básica y media, y entorno para los negocios, así como en la sofisticación y diversificación de la economía. Es decir: tenemos bases importantes para crecer. Sin embargo, otros componentes como la sostenibilidad ambiental, la salud, la educación superior y la innovación siguen siendo campos donde el departamento tiene retos estructurales que no se corrigen con un solo indicador positivo.
Por eso el mensaje no puede ser triunfalista, pero tampoco derrotista o de crítica o victimas (que es lo que he promulgado que tanta falla nos hace en el departamento). Estar en el top 11 nos recuerda algo esencial: ya no somos un departamento rezagado, pero aún no somos de los líderes. Estamos en una franja intermedia donde la mejor decisión no es conformarse, sino preguntarnos con seriedad qué tipo de desarrollo queremos construir.
Aplaudo los esfuerzos conjuntos, sin embargo; competir no es solo subir puestos en una tabla. Competir es tener claridad de propósito.
¿Queremos ser un territorio competitivo solo para atraer inversión que no conversa con nuestro tejido local? ¿O queremos una competitividad que se traduzca en más y mejores empleos, en empresas que innovan, en jóvenes que deciden quedarse porque ven futuro aquí, en municipios que se conectan con oportunidades reales y no solo con discursos?
Los datos nos dicen que el Tolima mejora; la realidad cotidiana nos recuerda que aún hay brechas visibles. Subimos un puesto en competitividad, pero seguimos enfrentando desafíos en productividad empresarial, calidad del empleo, cierre de brechas rurales-urbanas, sostenibilidad y capacidades en ciencia, tecnología e innovación. Esa combinación es una alerta amable: vamos por buen camino, pero el ritmo y la dirección importan tanto como el avance.
Esto es importante; aquí es donde entra el rol de los actores del territorio. La competitividad no es propiedad exclusiva del gobierno de turno, ni puede descansar solo en los hombros del sector privado. Es un asunto de ecosistema.
• Las empresas están llamadas a ir más allá de “sobrevivir” y preguntarse cómo innovar, cómo adoptar tecnología, cómo mejorar sus modelos de servicio y cómo integrarse a cadenas de valor regionales y nacionales.
• La academia no puede quedarse sólo en la discusión técnica del índice; tiene en sus manos formar talento pertinente para lo que el Tolima realmente puede y quiere ofrecer: agro con valor agregado, servicios basados en conocimiento, turismo con experiencias de calidad, industrias creativas y culturales sólidas.
• Las instituciones públicas, por su parte, tienen el reto de alinear sus programas, evitar la dispersión, reducir la burocracia que agota al emprendedor y propiciar condiciones estables para invertir, asociarse y crecer.
• Y la ciudadanía también decide la competitividad del territorio cuando elige formarse, cuando apuesta por la legalidad, cuando cuida su entorno y cuando apoya —o no— lo local.
El Tolima no compite en el vacío. La medición nacional muestra que departamentos como Bogotá, Antioquia, Valle del Cauca, Santander y Risaralda se mantienen en los primeros lugares, con ecosistemas más consolidados en innovación, sofisticación económica y capital humano. Estar en el puesto 11 significa que tenemos la posibilidad real de acercarnos a ese grupo si logramos enfocarnos en algunos “pocos y grandes” derroteros y dejamos de dispersar esfuerzos.
En términos simples: ya estamos “en la conversación”, pero aún nos falta definir el guion.
El siguiente paso no es celebrar el indicador y olvidarlo hasta el próximo año, sino usarlo como espejo para decisiones concretas: ¿qué cadenas productivas vamos a priorizar? ¿cómo conectamos la formación técnica y profesional con las necesidades reales de las empresas? ¿qué incentivos se pueden diseñar para que la innovación no sea un lujo, sino parte del día a día de nuestras pymes? ¿cómo ponemos la sostenibilidad y la economía circular en el centro y no en la periferia del modelo productivo?
Desde mi rol acompaño a emprendedores, empresarios, instituciones y equipos humanos que todos los días se preguntan cómo hacerlo mejor. Y cada vez que reviso cifras como las del IDC siento lo mismo: no estamos condenados al atraso, pero tampoco tenemos garantizado el desarrollo. Estamos, más bien, en una especie de “punto bisagra” donde la claridad de rumbo marcará la diferencia entre quedarnos cómodamente en la mitad de la tabla o aprovechar esta ventana para dar un salto cualitativo.
La competitividad de un territorio es, en el fondo, el reflejo de las decisiones diarias de quienes lo habitan. No solo de los grandes anuncios, sino de cómo se atiende a un cliente, de cómo se paga a tiempo a un proveedor, de cómo se cuida el talento joven, de cómo se construyen alianzas entre quienes antes ni se hablaban.