Lo que deja la entrevista de Petro con Westcol
Vi completa la conversación entre Westcol y el presidente Gustavo Petro. Y más allá de gustarme o no, hay una conclusión técnica y política que no se puede pasar por alto: estamos frente a un cambio profundo en la forma de disputar el poder en Colombia.
Más de 2 millones de personas conectadas en vivo —con picos que incluso superaron esa cifra en distintas plataformas— convierten ese espacio en uno de los ejercicios de comunicación política digital más vistos en la historia reciente del país. Porque no es solo una cifra alta: es un récord para una conversación política en un formato que, hasta hace poco, no era para la institucionalidad ni mucho menos para los políticos.
Aquí hay una primera lección que algunos sectores aún se resisten a aceptar, la izquierda, y en particular el presidente Petro, ha entendido mejor que nadie el ecosistema digital. No se trata solo de presencia, sino de adaptación de lenguaje, de entender cómo funciona y por supuesto de narrativa. Mientras otros siguen hablando en el trillado lenguaje del tradicional discurso, Petro está conversando en el lenguaje del algoritmo.
Eso tiene efectos concretos. No es casualidad que logre penetrar audiencias jóvenes que históricamente han sido apáticas a la política. En términos de comunicación estratégica, esto es altamente eficaz: reduce la distancia entre poder y ciudadanía, simplifica mensajes complejos y genera conexión emocional.
Pero precisamente ahí aparece el problema de fondo. Pues si bien el canal cambia, el contenido mantiene una constante en el actuar de Petro. Durante la conversación, el presidente volvió a insistir en una idea que ha repetido en distintos escenarios: que en Colombia existen, en esencia, dos corrientes. Una que —según él— representa la vida, el bienestar y el cambio. Y otra que encarnaría la muerte, la violencia o el atraso. Dicho de otra forma, una política de buenos y malos.
Esta es una estrategia de polarización que le ha funcionado. Y le funciona, porque simplifica la realidad, ordena el debate en categorías emocionales y facilita la movilización.
Colombia no es, ni puede ser, un país dividido entre quienes están del lado correcto de la historia y quienes no. Esa lectura no solo es reduccionista y fácil, es institucionalmente riesgosa. Cuando el jefe de Estado adopta una narrativa moral excluyente, el mensaje implícito es que quien no está con él, está en contra del bien común.
Reducir la complejidad del país a una dicotomía entre buenos y malos o entre ángeles y demonios, también es demagogia. Colombia es una democracia plural, con múltiples visiones legítimas sobre el desarrollo, la seguridad, la economía y el futuro.
Ahora bien, también sería un error quedarse únicamente en la crítica. Hay una segunda lección, igual de importante: quien aspire a disputar el poder en Colombia tiene que entender estos nuevos escenarios. No basta con tener razón; hay que saber comunicarla donde están las audiencias.
El reto no es menor. Implica entrar a estos formatos, hablar en nuevos códigos y competir por la atención de una generación que no consume política como antes. La tarea, es hacerlo sin caer en la simplificación extrema ni en la lógica de la confrontación para polarizar.
Finalmente, si algo deja esta entrevista es una doble realidad: la política que no se adapta, pierde. Pero la política que divide para ganar, compromete el futuro de todos.