Productividad no es trabajar más: es trabajar mejor (y eso también se construye como ciudad)
Hace poco escuché una frase que me pareció muy elocuente: “Puedes trabajar muchas horas, pero si no las aprovechas bien, estás desperdiciando tu tiempo”. Esta frase resume una de las preguntas más importantes que enfrentamos como sociedad y como tejido productivo: ¿Cómo hacemos para que el esfuerzo de cada persona y cada empresa se traduzca en mejores resultados para todos?
En Colombia ese reto está plasmado en cifras y debates que están ocurriendo ahora mismo. El Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) publicó recientemente que la Productividad total de los Factores (PTF), un indicador técnico que resume la eficiencia con la que capital y trabajo se combinan para generar valor, fue de 0,91 %, referencia que se ha convertido en un insumo clave para la negociación del salario mínimo este año. Esto nos dice que aunque las personas y las empresas están produciendo, el crecimiento de la productividad no avanza tan rápidamente como quisiéramos.
Esa misma realidad se percibe en otros datos: aunque el empleo en Colombia ha estado mostrando señales de recuperación y la tasa de desempleo ha tendido a bajar, hay todavía una brecha clara entre trabajar mucho y producir más valor por hora trabajada. En algunos informes se destaca que Colombia es uno de los países de la OCDE donde se trabaja más horas, sin que eso se traduzca proporcionalmente en mayor producción por hora. ¿Por qué esto es importante para Ibagué y el Tolima? Porque la productividad —más que una estadística abstracta— es la razón por la que un negocio puede competir, un salario puede crecer, una familia puede ahorrar y una ciudad puede ofrecer oportunidades reales a su gente. Más actividades no significa automáticamente más bienestar; lo que importa es cómo se hacen las cosas, cómo se organizan los recursos y cómo se genera valor que no se disuelva ante la primera turbulencia, como la que están pasando los empresarios. Desde una visión humana y empresarial, productividad significa, entre otras cosas:
• Atender bien, no solo atender rápido. Una venta sin repetición no es valor agregado.
• Optimizar procesos internos, no solo cumplir horarios. Tiempo bien usado reduce desperdicios.
• Capacitar equipos para que aporten ideas, no solo tareas. El talento hace la diferencia.
• Tomar decisiones basadas en datos y no solo en intuiciones. Eso acorta caminos.
Podemos hablar de productividad como si fuera un concepto lejano, pero cuando uno camina por una tienda, una fábrica, una oficina o un taller, se da cuenta de que productividad está en cada escucha al cliente, en cada minuto que se aprovecha, en cada error que se evita por anticipación.
Esta conversación es necesaria no solo para el empresario si no para una ciudad como Ibagué, una ciudad que piensa en ser productiva es una ciudad que piensa en largo plazo, que genera condiciones para que las personas desarrollen su talento, que acompaña a los negocios con infraestructura, con alianzas, con espacios —reales o virtuales— de aprendizaje y articulación. No se trata de discursos institucionales, sino de prácticas cotidianas que marcan la diferencia en la productividad económica y social.
En Ibagué ya hay señales positivas de este tipo de conversación. Cada vez más actores se sientan a pensar cómo pasar de un crecimiento cuantitativo; más actividades, más horas, más transacciones; a uno cualitativo: mejor servicio, mejores estándares, más valor agregado. Desde iniciativas educativas hasta redes de emprendimiento, se percibe una búsqueda de herramientas que permitan elevar la productividad sin perder de vista que detrás de cada número hay familias, sueños, proyectos y vida en comunidad.
Este es un tema que conviene conversar hoy porque la productividad es, en buena medida, la capacidad de transformar esfuerzo en resultados sostenibles y compartidos. No se trata simplemente de trabajar más; se trata de trabajar mejor, de aprender a organizar, medir, ajustar y responder con calidad a los desafíos. Como territorios intermedios, tenemos una ventaja: vemos el resultado de nuestro propio trabajo de forma más directa. Una mala práctica se nota rápido; una mejora también. Y eso debería impulsarnos a pensar no solo en qué hacemos, sino en cómo lo hacemos.
Si logramos incorporar esta visión de productividad como cultura, servicio, hábito y responsabilidad compartida; tendremos no solo más actividad económica, sino una economía que realmente beneficie a todos los que la componen. Ahí está el corazón del desarrollo local: no en la mera acumulación, sino en la eficiencia con sentido humano y colectivo.
Y aunque hablar de productividad pueda sonar técnico, su impacto es profundamente humano: más productividad significa más oportunidades para que la gente viva mejor, para que los negocios crezcan con solidez, y para que una ciudad como Ibagué construya su futuro con confianza y coherencia.