Venezuela, epicentro de la geopolítica mundial, Petróleo, economía y poder
El petróleo vuelve a ser el centro del poder mundial, aunque durante años nos vendieron la idea de que el futuro sería completamente verde, la realidad es terca pues la economía global aún depende profundamente del crudo, no solo por los combustibles fósiles, sino por todos los subproductos derivados fundamentales y necesarios para la industria. La transición energética avanza más lento de lo que prometieron los discursos diplomáticos. Esa dependencia explica por qué la caída de Nicolás Maduro no es solo un episodio político venezolano, sino un movimiento tectónico en el tablero geopolítico.
Para entender por qué Washington, Moscú, Pekín y hasta Riad observan de cerca lo que ocurre en Caracas, basta mirar un dato fundamental, Venezuela tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con alrededor de 304.000 millones de barriles, según estimaciones internacionales. Esa cifra coloca al país por encima de Arabia Saudita, que tiene unos 258.000 millones, por encima de Irán con 208.000 millones, y muy lejos de potencias como Estados Unidos (47.000 millones) o Rusia (80.000 millones). Es decir, el país con el colapso socioeconómico más dramático de América Latina es también el dueño de la mayor reserva energética del mundo.
Esto tiene implicaciones enormes. Si el mundo mantiene los niveles actuales de consumo, unos 100 millones de barriles diarios, el planeta tendría petróleo técnicamente disponible para poco más de cinco décadas. Pero Venezuela, incluso al ritmo actual de producción, tendría crudo para más de 200 años, mientras Arabia Saudita, el productor estrella, llegaría a unos 120 años.
No es casualidad que las grandes potencias tengan intereses cruzados respecto de Venezuela. Rusia ha invertido miles de millones en la industria venezolana; China ha otorgado créditos pagaderos en petróleo por décadas; Estados Unidos, pese a las tensiones, sigue siendo el país con más capacidad tecnológica para refinar el crudo pesado venezolano. Y detrás de cada actor hay un cálculo estratégico que consiste en asegurar acceso preferencial a una reserva gigantesca en un mundo donde la energía está reconfigurando zonas de influencia, alianzas militares y relaciones comerciales.
Para entender mejor este tablero, vale la pena comparar la realidad de producción y consumo. Estados Unidos es hoy el mayor productor del mundo, pero también es uno de los mayores consumidores, EE. UU produce cerca de 12 millones de barriles al día, pero su demanda interna supera eso, por lo que sigue importando. Arabia Saudita, aunque produce alrededor de 10 millones, exporta la mayor parte de su crudo porque su consumo interno es bajo. China, la segunda economía del planeta, consume mucho más de lo que produce, importa casi tres cuartas partes de su petróleo. La Unión Europea depende en más del 90% de importaciones energéticas. India está en la misma ruta.
¿Y Venezuela? Tiene la mayor reserva, pero produce menos de un millón de barriles al día. No porque no pueda, sino porque su industria está devastada, la mayoría de las empresas multinacionales fueron expropiadas por la dictadura Chavista y hoy solo se traducen en chatarra oxidada. Por eso, para Estados Unidos y Europa, reactivar el sector petrolero venezolano no es solo un asunto geopolítico, es una necesidad económica. Para Rusia y China también. Es simple, sin petróleo no hay economía global funcional. Sin Venezuela, el mundo es más vulnerable a crisis energéticas como las desatadas tras la guerra en Ucrania.
Por eso las últimas decisiones tomadas en torno a Venezuela, incluyendo la operación militar estadounidense y la posterior declaración de que Washington podría “asumir el control temporal” del país para asegurar su transición no son un gesto contra una dictadura, son un movimiento calculado para garantizar estabilidad energética a largo plazo. El petróleo vuelve a ser poder, y el poder vuelve a moverse por el petróleo.
En contraste con este panorama energético, Colombia apenas tiene unos 2.300 millones de barriles en reservas ocupando el puesto 34 en el ranking mundial, lo que equivale a unos 8 o 10 años de autosuficiencia. En un continente donde Venezuela puede suministrar petróleo para todo el planeta, Colombia es un jugador energéticamente insignificante y dependiente energéticamente del petróleo de Venezuela, así como de subproductos como gas natural, urea (abonos nitrogenados), propileno, polipropileno, entre otros derivados vitales para el campo y la industria.
La verdad incómoda es que, en este momento histórico, la energía no es un detalle técnico, es el motor que define quién acumula poder, quién lo pierde y quién queda atrapado en medio. El petróleo sigue siendo la sangre del sistema económico global, y mientras el mundo no encuentre un reemplazo real y masivo, seguirá siendo el metal precioso del que depende la estabilidad internacional.
Venezuela es hoy más que nunca, la llave de ese futuro energético. Por eso la miran Estados Unidos, Rusia y China. Por eso su crisis no es solo suya. Y por eso comprender la enorme importancia del petróleo no es una obsesión petrolera, es entender cómo se mueve el mundo. Porque la geopolítica puede cambiar de protagonistas, pero nunca de lógica, donde está el petróleo, está el poder.