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Río Opia: Entre humedales invisibles nace uno de los ríos más importantes de Ibagué

El sector de Piedra Pintada concentra nacimientos que alimentan uno de los ríos más importantes de Ibagué.
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Ecos del Combeima
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Ecos del Combeima
24 Feb 2026 - 9:51 COT por Ecos del Combeima

Durante años se sostuvo que el río Opia nacía en el sector de Villa Café. Esa versión se repitió en conversaciones, documentos e incluso en algunos planos oficiales. Sin embargo, recorridos de exploración y observación directa en terreno permiten ubicar su verdadero origen en inmediaciones de la montaña de Piedra Pintada, específicamente en la conocida “Y” del barrio Versalles, en plena zona urbana de Ibagué.

Este especial es acompañado por el arquitecto e historiador Andrés Francel y el geólogo Jonathan Ortiz, quienes, a partir de recorridos técnicos y patrimoniales por la zona, han venido documentando el comportamiento real del cauce y sus nacimientos, contrastándolo con lo que aparece en la cartografía oficial.

Allí no solo surge un hilo de agua: convergen varios nacimientos como La Mugrosa, Agua Clara, el Hato de la Virgen y el propio Opia, configurando una auténtica estrella hídrica desde donde se articula un sistema natural mucho más amplio de lo que históricamente se ha reconocido.

En ese punto alto de la ciudad, el agua brota desde el suelo, se filtra entre la vegetación y comienza a descender por la terraza de Ibagué. No se trata de un nacimiento aislado, sino de una red de brotes que se alimentan entre sí y que, al unirse, dan forma al cauce que más adelante se identifica como río Opia.

La hipótesis que surge tras estos recorridos es clara: la depresión en la montaña de Piedra Pintada actúa como un gran colector natural, una zona de humedad permanente que alimenta distintos afluentes urbanos.

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Desde Versalles, el sistema hídrico se conecta con una red de humedales que atraviesa sectores como Varsovia, Villa Café, el Parque Deportivo, el Aeropuerto y Picaleña. Son franjas verdes donde aún es posible encontrar agua escurriendo entre pastizales, árboles y relictos de vegetación nativa. Sin embargo, muchas de estas áreas no figuran con precisión en la cartografía oficial.

En algunos planos, el Opia aparece apenas como “Quebrada Opia” y en otros solo se reconoce su existencia desde el aeropuerto hacia abajo. Esa desconexión entre el mapa y la realidad física tiene implicaciones profundas: lo que no está delimitado ni nombrado en el papel, difícilmente se protege en el territorio.

El recorrido por la avenida Mirolindo confirma esa contradicción. Detrás de Varsovia, el Opia aún se observa corriendo libre, cruzando espacios abiertos donde podría consolidarse un gran corredor ecológico urbano. La escena, en ciertos tramos, es la de un santuario natural: agua clara, vegetación ribereña y un caudal que mantiene vida. Pero pocos metros más adelante el panorama cambia abruptamente.

Aparecen enmallados que delimitan areneras, acumulación de materiales de construcción, residuos sólidos urbanos y tubos que canalizan el cauce. En algunos puntos, el río literalmente desaparece tras cruzar una reja, lo que lleva a pensar que ha sido entubado y convertido en cañería.

Aguas arriba, el caudal aumenta, lo que demuestra que el curso continúa más allá de lo que reconocen los mapas de ordenamiento territorial. Sin embargo, ese tramo no está claramente delimitado como ronda hídrica. En varios sectores no existen siquiera diez metros de protección antes de encontrar intervenciones antrópicas directas.

Esta presión reduce la capacidad natural del río para autorregularse y aumenta su vulnerabilidad ambiental. Incluso se han observado cambios en la coloración del agua en algunos puntos, lo que genera preocupación frente a posibles vertimientos o descargas cercanas.

En inmediaciones de la calle 60, frente al sector de Reindustrias, se identifica uno de los nacimientos visibles del Opia. Allí el agua brota con fuerza desde el subsuelo, levantando arena por la presión intersticial propia de una zona saturada. Bajo un árbol de Payandé se forman pequeños surcos que confluyen hasta consolidar el cauce.

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Es una evidencia tangible de que el río no comienza donde tradicionalmente se ha dicho. Más adelante, aunque el agua parece desaparecer tras una malla que divide una arenera, vuelven a encontrarse humedales y nuevos brotes, confirmando que el sistema hídrico sigue activo bajo y sobre la superficie.

A lo largo del recorrido también se observan vestigios históricos, como rieles y postes asociados al antiguo ferrocarril, que corría paralelo al río. Esto demuestra que el Opia ha convivido con distintas etapas del desarrollo urbano e industrial de Ibagué. Sin embargo, el crecimiento reciente de proyectos urbanísticos, canalizaciones y obras de infraestructura parece no haber integrado plenamente la lógica natural del agua en su planificación.

La vegetación asociada al cauce, cámbulos, gualandayes, samanes y flora acuática, confirma que se trata de un ecosistema vivo, con potencial para consolidarse como corredor verde estratégico para la ciudad. Pensar el ordenamiento territorial alrededor del agua, y no al contrario, surge como una necesidad urgente si se pretende un desarrollo verdaderamente sostenible y orientado al bienestar de las futuras generaciones.

Esta primera entrega permite establecer una conclusión preliminar: el río Opia no nace en un único punto ni comienza donde lo indican algunos planos. Es el resultado de una red compleja de nacimientos que parten desde la montaña de Piedra Pintada y se articulan por la terraza de Ibagué, conectando humedales que han permanecido parcialmente invisibles para la planeación oficial.

En próximas ediciones seguiremos descendiendo por su curso, identificando más nacimientos, analizando las amenazas que enfrenta y profundizando en la importancia de reconocer y proteger uno de los ríos más relevantes que nacen y atraviesan la ciudad.