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¿Cómo creer?...

Sin Estado de Derecho no hay democracia, y en Colombia la democracia parece estar en cautiverio. Resulta difícil creer en quienes ahora manejan las riendas del Estado, más aún, cuando lo han puesto al servicio exclusivo de unos cuantos cooptando todo el aparato institucional. Por: Adriana Avilés.
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30 Sep 2020 - 8:13 COT por Ecos del Combeima

Colombia: el país del sagrado corazón en donde se encuentran las mujeres más bellas de América Latina, es un país en el que se pierden anualmente 50 billones de pesos en manos de los vándalos de cuello blanco.

La tierra de la tricolor: uno de los mejores destinos turísticos para visitar, ocupa el puesto 29 entre los países más habitados del mundo y el quinto con mayor número de contagiados por covid-19. Una crisis sanitaria que dejó al desnudo las deficiencias de un sistema de salud enfocado en las ganancias y no en las personas. Una crisis económica que amplió la brecha social dejando a miles de familias en la miseria negando la renta básica. Una crisis de legitimidad para un gobierno desconectado de la realidad en la que  viven millones de ciudadanos y  que ahora dan pasos hacia la “nueva normalidad” bajo la lógica de “sálvese quien pueda”. 

Muchos son los motivos para sentir el orgullo de ser colombiano y contarle al mundo las razones por las cuales es un  país único donde la alegría, el sabor, las costumbres y la forma de hablar son elementos que hacen parte de la identidad cultural. Un país que a pesar de la inmensa creatividad de sus ciudadanos, algunos caen en el juego de quienes manejan los hilos del poder utilizando el miedo como estrategia para estigmatizar y con ello lograr réditos políticos.

Hemos sido un pueblo resiliente, que a pesar de nuestro pasado bañado en sangre: la violencia partidista (o persecución gaitanista), las guerrillas marxistas, el ascenso de los carteles y la toma paramilitar, ha sabido sobreponerse y seguir adelante luchando por construir una nueva historia. Una historia que se escribe entre obstáculos y bajo fuego, donde abundan trampas diseñadas por mentes maquiavélicas que, ocultas entre líneas, se despliegan en discursos que naturalizan la masacre, la persecución a las minorías, el abuso policial contra los jóvenes y el asesinato selectivo a líderes sociales. 

Este modelo social que ve al ciudadano como un enemigo potencial y no como al sujeto que debe ser protegido, me recuerda la funesta máxima del dictador camboyano Pol Pot: “Es mejor matar a un inocente por error que equivocarse dejando libre a un enemigo”.

Es muy fácil perder la esperanza, considerar emigrar o simplemente callar y encerrarse en una burbuja para blindarse de la torturante realidad del país. Es entendible querer voltear la mirada para no ser testigos de cómo un jefe de Estado quiebra las instituciones al cuestionar decisiones del poder judicial, se viste de policía a pocas horas de ocurrida la masacre del 9 de septiembre, y se muestra permisivo con el desacato de un fallo de la Corte Suprema de Justicia por parte de su ministro de defensa.

Los Colombianos merecemos vivir en paz, en un país de oportunidades donde sus dirigentes se dediquen a hacer su trabajo y a dar lo mejor de sí para lograr igualdad de Derechos para todos.

Quienes insisten en apoyar las supuestas soluciones guerreristas deben saber que es muy diferente ver el país ardiendo desde una pantalla a estar en los territorios sin poder dormir bajo la zozobra del sonido de las balas.

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Porque ya no basta con producir bien. Tampoco basta con tener tradición agrícola. Hoy el reto es otro: producir con eficiencia, gestionar con criterio empresarial y competir con estándares más altos.

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