El agua que se pierde mientras el país se incendia
Hace algún tiempo escribimos sobre la enorme cantidad de agua potable que se pierde en las redes hídricas urbanas antes de llegar a los hogares. Hoy aquella reflexión adquiere mayor relevancia cuando Colombia enfrenta incendios forestales en diferentes regiones y el Tolima vive una tragedia ambiental sin precedentes, fruto de las altas temperaturas, la deforestación y acciones criminales contra su medio ambiente. Aunque el problema ambiental es diverso, su común denominador es el agua.
Mientras se queman los bosques que protegen cuencas y regulan caudales, seguimos descuidando y abusando de las fuentes hídricas para abastecer centros poblados, municipios y ciudades. El derroche ciudadano del agua en hogares, lavaderos y riegos, debe controlarse, regularse, y cuando corresponda, sancionarse. Pero ¿quién controla y castiga el derroche hídrico institucional y la inoperancia de quienes la administran? Si las pérdidas en las redes urbanas alcanzan proporciones cercanas al 50 % del agua ya captada y tratada. También estamos frente a una tragedia silenciosa que carcome día tras día, nuestro más preciado recurso: el agua.
Al mismo tiempo de la tragedia forestal, una parte importante del agua ya potabilizada, termina derrochándose y perdiéndose en redes hidráulicas urbanas ya deterioradas por el tiempo, situación que se ha convertido equivocadamente en una constante territorial.
Esta Emergencia Nacional, decretada a causa del terremoto y los incendios forestales debería permitir que el Gobierno haga de la austeridad un hecho revelador y mire hacia dentro la ineficiencia administrativa y operativa de las entidades que manejan el agua potable, así como de aquellas que protegen las fuentes hídricas territoriales. Debería medirse ciudad por ciudad, cuánta agua se capta, trata, distribuye y contabiliza, para evaluar el impacto ambiental, social y económico de esas pérdidas técnicas y operativas.
El desperdicio acumulado en el tiempo podría alcanzar dimensiones similares o superiores a las dejadas por esta emergencia forestal. La ineficiencia administrativa ha facilitado que fenómenos como El Niño sean más complejos de manejar y que la criminalidad forestal resulte difícil de neutralizar.
De las pérdidas del agua ya captada, tratada y distribuida, una proporción importante corresponde a fallas técnicas derivadas de la falta de mantenimiento y reposición de las redes urbanas; la otra, a pérdidas comerciales o fraudulentas cuya reducción también es responsabilidad de las organizaciones encargadas del servicio. Recurso hídrico y económico que se pierde como agua entre los dedos.
Ibagué ha sido durante muchos años un mal ejemplo, aunque el problema se repite en numerosas ciudades colombianas. La ciudad llegó a registrar pérdidas cercanas al 52 % del agua distribuida, y aunque se han evidenciado reducciones en sus indicadores mediante programas de control de fugas e inversiones en reposición de redes, el problema continúa siendo estructural. Cada metro cúbico perdido tuvo que ser previamente captado, tratado y transportado. Por eso, las fugas representan simultáneamente un costo económico y una presión innecesaria sobre fuentes hídricas ya escasas y en peligro.
El fenómeno de El Niño, los incendios forestales y la deforestación deberían obligarnos a reaccionar. Proteger el agua comienza mucho antes de abrir una nueva bocatoma; comienza protegiendo el bosque, custodiándolo de los criminales, planeando bien la ciudad y siendo eficientes con los recursos naturales y económicos que administramos.
La seguridad humana es también seguridad hídrica y alimentaria. Por ello se requiere de autoridades ambientales proactivas, persuasivas, y policivas cuando sea necesario, como también nuevas políticas para modernizar las redes e incorporar tecnología que permita en tiempo record detectar y reparar fugas.
Los incendios, la deforestación causada por actividades lícitas e ilícitas y el mal abastecimiento y uso del agua potable, forma parte de una misma crisis territorial y ambiental. Mientras Colombia combate las llamas que consumen sus bosques, también debería apagar y con premura, esa otra emergencia, causada por el desperdicio silencioso y costoso del agua ya captada y potabilizada, seguimos dejándola perder como si fuera inagotable.