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Lo que ha costado este verano

Porque Colombia tiene esa costumbre peligrosa de olvidar la sequía cuando llueve y olvidar el aguacero cuando hay sequía. Y así llevamos décadas atrapados en el mismo ciclo, sufriendo los mismos desastres y prometiendo los mismos planes que nunca llegan a la vereda.
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27 Sep 2026 - 8:41 COT por Omar Julián Valdés Navarro

Hace unos días empezaron a caer las primeras lluvias en algunas zonas del Tolima. Y uno las recibe con una mezcla de alivio y tristeza. Alivio porque la tierra lleva meses pidiéndolas a gritos. Tristeza porque llegaron tarde para miles de familias que ya perdieron lo que sembraron, lo que criaron y lo que esperaban con cada amanecer en el campo.

Pero antes de que el aguacero nos borre la memoria, toca hacer el balance. Porque Colombia tiene esa costumbre peligrosa de olvidar la sequía cuando llueve y olvidar el aguacero cuando hay sequía. Y así llevamos décadas atrapados en el mismo ciclo, sufriendo los mismos desastres y prometiendo los mismos planes que nunca llegan a la vereda.

Este verano no fue cualquier verano. El Fenómeno del Niño 2026 llegó tres meses antes de lo previsto, con una velocidad que tomó por sorpresa hasta al IDEAM. Nadie esperaba que las condiciones se consolidaran tan rápido ni que la intensidad fuera tan alta. Y aunque estos días han caído algunos aguaceros que dan esperanza, no se confundan: el IDEAM proyecta una probabilidad superior al 97% de que el fenómeno persista hasta inicios de 2027, y una probabilidad del 63% de que la intensidad sea "muy fuerte" entre septiembre y enero. Dicho en cristiano: esto no terminó. Las lluvias de estas semanas son una pausa, no el cierre del capítulo.

Y mientras esperamos que el capítulo cierre, hagamos las cuentas de lo que ha costado. Solo en el sector ganadero, entre el primero de junio y el 21 de septiembre, las pérdidas acumuladas rondan los $95.000 millones. Noventa y cinco mil millones de pesos. En un solo sector. En cuatro meses. Ese dinero representa 15.515 bovinos muertos, 2,2 millones de hectáreas afectadas y familias ganaderas en 19 departamentos, es decir el 60% del territorio nacional, que vieron desaparecer años de trabajo en semanas de verano inclemente.

Y el Tolima, mi tierra, aparece en esa lista con toda la crudeza de los números. Desde el primero de agosto se registraron 332 incendios en el departamento, con más de 50.000 hectáreas consumidas por el fuego y más de 28.000 productores afectados directamente. Veintiocho mil productores. No son una estadística fría de un informe de Bogotá. Son los ganaderos de San Luis que vieron arder sus potreros. Los campesinos de Coyaima y Natagaima que perdieron el pasto que sostenía sus animales. Las familias del Guamo y de Ortega que combatieron el fuego con lo que tenían a la mano.

Si miramos el panorama nacional, la cifra que más duele la pone Corficolombiana: un eventual apagón eléctrico por efecto del Niño le costaría a la economía colombiana $5.600 millones de pesos por hora. Y el Banco de la República advierte que el principal canal de transmisión del daño es a través de los alimentos, la energía y la actividad agropecuaria. Al final, quien paga la factura es siempre el mismo: el productor en su finca y el consumidor en el mercado.

Y ahora viene la parte que más me incomoda escribir. Porque es fácil hacer el balance de las pérdidas. Lo difícil es responder qué vamos a hacer diferente.

Lo primero es agradecer y reconocer. A los cientos de bomberos voluntarios, a los campesinos que combatieron el fuego con sus propias manos, a los soldados y a los funcionarios que pusieron el cuerpo en medio de este infierno. Esos hombres y mujeres merecen algo más que un post en redes sociales. Merecen que el Estado los recuerde también cuando no hay emergencia, con equipos, con entrenamiento y con recursos para que la próxima vez no tengan que pelear el fuego con palos y mochilas.

Lo segundo es exigirle al nuevo gobierno resultados concretos. El ministro Dangond ya tiene sobre su escritorio una carta de Fedegán pidiendo un plan de gestión de riesgo agropecuario. Ese plan no puede ser un documento de emergencia que se archiva cuando bajan las llamas. Tiene que ser una política permanente: reservorios de agua en las veredas, seguros agropecuarios que funcionen de verdad cuando el productor los necesita y no que se agoten en el primer semestre, variedades de cultivos resistentes a la sequía y distritos de riego que no sean solo promesas de tarima electoral.

Y lo tercero, y lo más importante, es no olvidar. Cuando lleguen las lluvias de verdad en 2027 y los ríos vuelvan a crecer y los potreros vuelvan a verdear, no podemos guardar esta experiencia en el mismo cajón donde guardamos la del 2015 y todas las anteriores. Porque el Fenómeno del Niño va a volver. El IDEAM lo va a anunciar con meses de anticipación. Y si no cambiamos la forma de prepararnos, dentro de unos años vamos a estar mirando las mismas 50.000 hectáreas quemadas, los mismos 28.000 productores afectados y las mismas familias campesinas reconstruyendo desde cero lo que el verano se llevó.

Las lluvias llegaron y Bienvenidas sean.

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