Nos avisaron del verano y de todas formas nos agarró mal parados
Antes de empezar este espacio de opinión, quiero resaltar y mostrar mi profunda admiración a los cientos de hombres y mujeres que están exponiendo sus vidas para enfrentar la emergencia que hoy golpea gran parte del departamento. Agradecer a los campesinos, voluntarios, funcionarios públicos y personal de las Fuerzas Públicas que arriesgan su vida e integridad para hacerle frente a esta crisis. Y como también es de resaltar, a los alcaldes y a nuestra gobernadora por ponerle el pecho a la emergencia y no estar escondidos detrás de un escritorio.
Ahora bien, hay una frase que los tolimenses conocemos bien y que se repite en cada emergencia, a tal punto que ya da vergüenza: "El Tolima no estaba preparado." La decimos en cada invierno, después de cada verano, y después de cada emergencia climática que llega anunciada con meses de anticipación y nos encuentra igual de desprevenidos que la vez anterior. Y este agosto de 2026 no iba a ser la excepción.
Desde mayo, el IDEAM venía diciéndonos que había más del 60% de probabilidad de que el Fenómeno del Niño se consolidara en el segundo semestre del año. En junio, el Gobierno confirmó oficialmente su llegada con una certeza científica del 96% de que continuaría hasta enero de 2027. En julio, Analdex advirtió que ocho de las diez principales líneas de exportación agropecuaria del país estaban en riesgo, incluyendo el café, el aguacate Hass y el arroz, que son prácticamente el resumen de lo que produce el Tolima. Y aun así, el 12 de agosto el departamento amaneció con 36 incendios forestales activos al mismo tiempo. Treinta y seis. No uno. No cinco. Treinta y seis focos simultáneos ardiendo en San Luis, Coyaima, Guamo, Ortega, Espinal, Valle de San Juan e Ibagué, mientras los pronósticos del verano llevaban meses guardados en algún cajón de alguna oficina de gestión del riesgo.
Y ahora vienen las cuentas, la parte que más duele. Porque el verano no es solo un problema ambiental. Es también un problema de plata. Y de mucha plata.
El Fenómeno del Niño podría generar pérdidas de hasta $12,7 billones de pesos en Colombia entre julio de 2026 y febrero de 2027, siendo el sector agropecuario el más golpeado con $1,93 billones en pérdidas proyectadas. Para que se hagan una idea del valor: es prácticamente lo que produce nuestra cosecha cafetera en un año completo, y un poquito más. Fenalce confirmó afectaciones en más de 10,600 hectáreas de maíz solo por la combinación de sequía e incendios. Y eso es apenas el maíz. El café estresado por la falta de lluvia en el norte, el arroz del Espinal que necesita agua para sobrevivir, el ganado sin pastos en gran parte del Tolima. Fedegán ya reportó pérdidas nacionales por $122,400 millones, de los cuales el 86% vino de la caída en producción de leche.
El golpe en el bolsillo del consumidor también llega, y llega duro. El impacto en la inflación de alimentos podría ser de 2,2 puntos porcentuales adicionales, lo que en lenguaje corriente significa que todos vamos a pagar más caro el mercado. La leche, el arroz, las verduras, la carne. Ahora sabemos bien que todo sube cuando al campo le va mal. Y las exportaciones agropecuarias colombianas entre enero y mayo de 2026 ya registraban una caída del 1,1% frente al mismo período de 2025, antes de que el verano se pusiera serio de verdad.
Ahora bien, uno puede pensar que, con tanto pronóstico, tanta alerta y tanta reunión preventiva, algo se habría hecho diferente esta vez. Y ahí está la parte incómoda: ¿qué hicimos entre mayo y agosto con toda esa información? Porque las alertas tempranas solo sirven si alguien las convierte en acción. El 72% de la agricultura colombiana depende estrictamente del agua lluvia, y esa cifra la conocemos desde hace décadas. Seguimos sembrando igual, sin reservorios, sin riego tecnificado, sin variedades resistentes a la sequía, esperando que llueva cuando Dios quiera y rezando para que no llegue el verano antes de la cosecha.
De nada sirve saber que viene el verano más fuerte del siglo si el plan de contingencia sigue siendo el mismo de siempre: esperar que pase y luego decretar calamidad. Eso no es fatalismo. Es una política pública que no se hizo a tiempo.
Colombia necesita urgente una estrategia seria de adaptación climática para el campo. No comunicados de prensa. No reuniones de emergencia cuando ya está todo quemado. Hablo de reservorios de agua en las veredas, de seguros agropecuarios que funcionen de verdad, de variedades de cultivos resistentes a la sequía y de distritos de riego que no sean solo promesas de tarima electoral, sino parte articulada de una agricultura eficiente y preparada para lo que viene.
Porque el Fenómeno del Niño va a volver. El IDEAM lo va a anunciar con meses de anticipación. Y si no cambiamos la forma de prepararnos, dentro de unos años estaremos escribiendo exactamente la misma columna, con exactamente los mismos 36 incendios y exactamente las mismas familias campesinas perdiendo lo que sembraron con deuda y esperanza.