La ilusión del dólar bajo, un alto riesgo para la competitividad exportadora
En Colombia solemos celebrar el dólar barato como si fuera sinónimo de progreso. Esto en realidad es entendible, cuando la tasa de cambio cae, muchos productos importados cuestan menos, viajar al exterior se vuelve más accesible y la inflación importada se enfría. Sin embargo, esa lectura es incompleta. Un peso fuerte frente al dólar no es una buena noticia para todos. En economía, como en la vida, cuando algo baja, alguien gana y alguien pierde.
La pregunta clave no es solo por qué baja el dólar, sino qué fuerzas lo están empujando. En el cierre de 2025 y el arranque de 2026, el mercado cambiario colombiano ha estado marcado por una mayor entrada de dólares. Esto ha ocurrido por varias vías. Primero la llegada de capitales buscando rentabilidad, flujo constante de remesas y, de manera muy visible, la colocación de deuda externa por parte del Gobierno. En enero se emitieron cerca de U$ 4.950 millones de dólares en bonos, una cifra histórica. Cuando esos dólares ingresan al país, aumenta la oferta de divisas y, como en cualquier mercado, cuando hay abundancia, el precio baja afectando especialmente a exportadores.
El problema es que este dólar barato no nace de un aumento en la productividad, de exportaciones más sofisticadas o de una economía más competitiva. Esto es en buena parte, un efecto financiero. Y eso tiene consecuencias para sectores como el café, las flores o las frutas de exportación como el banano, aguacate y limón. Cada dólar que entra hoy se convierte en menos pesos. Venden lo mismo, trabajan igual o más, pero reciben menos ingresos en moneda local.
A este fenómeno se suma el llamado carry trade. En términos simples significa que Colombia mantiene tasas de interés relativamente altas frente a países desarrollados. Eso atrae inversionistas que traen dólares, los cambian a pesos y los invierten buscando mejores rendimientos. Mientras ese apetito por riesgo se mantenga, el peso se fortalece. Por eso Colombia ha sido una de las monedas emergentes más revaluadas en este inicio de año.
Muchos se preguntan por el papel del petróleo. Tradicionalmente, el crudo ha sido una de las principales fuentes de dólares del país. Pero en esta coyuntura, los flujos financieros están pesando tanto o más que los fundamentos reales. El resultado es una paradoja, un dólar a la baja en medio de tensiones fiscales, ruido político y una economía que no crece de manera extraordinaria. Por eso varios analistas advierten que la tasa de cambio podría estar por debajo de su nivel “natural”.
¿Quiénes ganan con este escenario? Primero, los importadores y las empresas que dependen de insumos externos como maquinaria, tecnología, repuestos, medicamentos o fertilizantes. Sus costos bajan y eso ayuda a contener precios. También se benefician quienes tienen deudas en dólares, pero ingresos en pesos, porque pagar esas obligaciones se vuelve más barato. Y, por supuesto, el consumidor urbano, que siente alivio en algunos bienes y servicios. En un país golpeado por el costo de vida, ese beneficio es real.
Pero la otra cara suele quedar en silencio. Pierden los exportadores, y pierden de manera directa. Cada dólar que reciben vale menos pesos. Esto afecta especialmente al agro, que paga salarios, transporte, energía e impuestos en pesos, pero vende en dólares. También pierden los hogares que viven de remesas, porque el mismo giro alcanza para menos. Y pierden las empresas que negocian en divisas si no tienen mecanismos de protección cambiaria.
El riesgo mayor es confundir esta revaluación, impulsada por factores temporales, con una fortaleza estructural. Los flujos de capital pueden revertirse rápido, basta un cambio en el contexto internacional, un aumento del riesgo país o el ruido propio del año electoral. Cuando eso ocurre, el mercado puede pasar del dólar barato al dólar volátil en cuestión de semanas.
Hay oportunidades, sin duda. Un dólar bajo puede aprovecharse para invertir en tecnología, maquinaria y modernización productiva. También obliga a exportadores y empresas a tomarse en serio la gestión del riesgo cambiario. Pero también hay amenazas claras como la pérdida de competitividad, desindustrialización y menor empleo en regiones productivas. Y, en el frente fiscal, la tentación de endeudarse para traer dólares hoy puede convertirse en una carga mañana cuando el dólar vuelva a subir.
La conclusión es sencilla, aunque incómoda. Un dólar bajo ayuda a unos y golpea a otros. Puede aliviar la inflación SI, pero si no está respaldado por una economía más productiva, termina pasando factura. Celebrar un dólar barato sin mirar a quién deja por fuera es celebrar con una parte del país, mientras la otra parte cuenta pérdidas. Esta es una realidad que no se puede seguir ignorando. Dese ya, el gobierno nacional, gobiernos departamentales, sectores productivos y gremios económicos deben realizar profundos análisis y establecer estrategias de anticipación para no caer en mayores pérdidas económicas o para aprovechar la coyuntura adquiriendo maquinaria, equipos o insumos.