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La mala hora para los inversionistas de Hass

El campo no puede vivir de modas agrícolas. Necesita diversificación, inteligencia de mercado, transformación, valor agregado y planificación. Porque cuando el productor depende de un solo cultivo, queda a merced del clima, del mercado… y de la próxima burbuja.
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13 Ene 2026 - 15:29 COT por Omar Julián Valdés Navarro

Cómo cambian las cosas.

Hace apenas unos meses, Nicolás Maduro se regodeaba celebrando unas elecciones que, digámoslo sin rodeos, compró como buen dictador aplicado. Luego pasó a ser cantante, humorista y víctima internacional cuando su gobierno fue amenazado por una posible invasión. Y hoy, como si nada, aparece pisando suelo de Estados Unidos sin visa, como residente casi VIP.

La política latinoamericana es así: cambia de escenario más rápido que una obra de teatro mal montada. Y, curiosamente, algo muy parecido está pasando con el aguacate Hass.

Hace unos años nos lo vendieron como el oro verde. El cultivo que iba a salvar al campo, a pagar universidades, a comprar camionetas y a sacar a más de uno de la pobreza rural. Y muchos se la creyeron. Invirtieron, tumbaron otros cultivos, sembraron miles de hectáreas y apostaron todo a una sola carta. Hoy, esa carta empieza a verse marcada. Porque mientras el Hass —con certificaciones, trazabilidad y todos los requisitos para exportación— hace apenas meses se pagaba alrededor de $8.000 el kilo, hoy los calibres exportables no superan los $3.500. Y, al mismo tiempo, variedades para el mercado nacional como Choquette o Lorena están llegando a $9.000 el kilo.

Es decir: el aguacate “común” vale casi tres veces más que el aguacate “de exportación”.
Una ironía deliciosa… si no fuera tan dolorosa.

Aquí es donde uno empieza a preguntarse si de verdad los monocultivos son la panacea que nos prometen, o si más bien estamos metidos en un laberinto donde cada “salvación” termina siendo otra ilusión que se cae.
Porque el problema no es solo el precio.

El problema es que cuando todo el mundo siembra lo mismo, al mismo tiempo, con la misma ilusión, el mercado termina haciendo lo que siempre hace: castigar. Y el principal motivo es el siguiente: el Hass dejó de ser exclusivo. Hoy hay más países produciendo, más hectáreas sembradas, más oferta que demanda. Y cuando eso pasa, los precios se desploman. No porque el aguacate sea malo —sigue siendo un producto espectacular— sino porque el negocio ya no es tan mágico como lo pintaron.
Y aquí es donde muchos inversionistas del campo están sintiendo el golpe.

Los que apostaron todo al Hass, los que se endeudaron, los que vendieron ganado, café o arroz para meterse en el “negocio del futuro”, hoy miran sus cuentas con preocupación. Porque una cosa es producir bien, y otra muy distinta es vender bien. Y, al que no me crea, lo invito a visitar el norte del Tolima y ver proyectos de Hass totalmente abandonados, en mi Fresno del alma.

Esto debería dejarnos una lección clara:
el problema no es sembrar aguacate.

El problema es sembrar solo aguacate. Y creernos el cuento de que podemos competir al mismo nivel de México o Perú sin la tecnología del caso.

El campo no puede vivir de modas agrícolas. Necesita diversificación, inteligencia de mercado, transformación, valor agregado y planificación. Porque cuando el productor depende de un solo cultivo, queda a merced del clima, del mercado… y de la próxima burbuja.

Así como Maduro cambia de discurso según el viento político, el mercado agrícola cambia de precio según la oferta global. Y al que no esté preparado, lo agarra mal parado.