Colombia tiene una deuda pendiente con su propio presupuesto y los números son contundentes
El Marco Fiscal de Mediano Plazo presentado en junio de 2026 fue claro: el país necesita un ajuste fiscal de entre el 1,4% y el 1,6% del Producto Interno Bruto, lo que en términos concretos equivale a una reforma tributaria cercana a los 30 billones de pesos, la más grande en la historia del país. Esa reforma llegará al Congreso. La discusión no es si viene o no; sino cuándo y cómo, y lo que define el impacto que tendrá sobre cada negocio es qué tan preparado esté quien la reciba.
Para ponerlo en perspectiva: la reforma tributaria de 2022 buscó recaudar 20 billones de pesos. La que se aproxima es un 50% más grande. Y llega sobre un tejido empresarial que ya viene cargando con una tasa de interés del Banco de la República en 12,25%, una tasa de usura del 28,59%, una inflación que proyecta cerrar 2026 entre el 6,5% y el 7%, y costos laborales que subieron significativamente con el ajuste salarial del año. No es un escenario cómodo para recibir una presión tributaria adicional.
Una de las opiniones que rescato, es la de ACOPI, el gremio que agrupa a las micro, pequeñas y medianas empresas del país, ha planteado de manera reiterada es una preocupación estructural que cualquier empresario tolimense puede reconocer fácilmente: la carga del recaudo en Colombia recae sistemáticamente sobre los mismos actores, las mi pymes y los trabajadores formales, mientras sectores con mayor capacidad de planeación tributaria mantienen condiciones más favorables. El gremio ha pedido, entre otras cosas, mecanismos de normalización que permitan a las empresas con deudas fiscales acumuladas regularizar su situación sin tasas de interés moratorias que se vuelven impagables. Una solicitud que tiene mucho sentido para cualquier microempresario que haya acumulado rezagos durante los años más difíciles del ciclo económico reciente.
Dicho esto, mi aporte de hoy no es un llamado a la alarma sino a la preparación. Porque la reforma tributaria, cualquiera que sea su forma final, no llega de sorpresa. Llega anunciada, con tiempos de debate en el Congreso, con ponencias previas y con meses de discusión pública antes de que entre en vigor. Eso le da al empresario una ventana de acción que no siempre aprovecha, no por descuido sino porque lo urgente del día a día consume el tiempo que debería destinarse a lo importante del año siguiente.
Hay decisiones concretas que cualquier MiPyme puede tomar hoy, en octubre, antes de que el ruido legislativo comience. La primera es revisar la situación tributaria actual con su contador o asesor, identificar si hay obligaciones pendientes con la DIAN que puedan normalizarse antes de que cambie el marco normativo, porque generalmente las reformas traen períodos de facilidades de pago que benefician a quienes actúan con anticipación. La segunda es revisar la estructura de costos con la pregunta correcta: si los impuestos suben el próximo año, ¿qué margen tiene este negocio para absorberlo sin trasladar todo el impacto al precio final que paga el cliente? La tercera, y quizás la más estratégica, es revisar el modelo de negocio con una mirada fresca sobre las diferentes formas de monetizar lo que ya se sabe hacer. Muchas empresas operan con una sola fuente de ingresos cuando tienen capacidad, conocimiento y clientes para generar dos o tres. Un servicio que hoy se vende una sola vez puede convertirse en una suscripción, en una asesoría recurrente, en un producto formativo o en una alianza con otro negocio complementario. Diversificar los ingresos antes de que suba la presión tributaria no es una estrategia de lujo, es una decisión de supervivencia inteligente.
Hay un aspecto más que vale la pena decir con franqueza y que pocas veces se nombra en estos espacios. En ciudades intermedias como Ibagué y en buena parte del tejido empresarial del Tolima, muchos negocios siguen operando con mentalidad de comerciante cuando ya deberían estar pensando y actuando como empresarios. No es un juicio, es una observación que cualquier persona que trabaja de cerca con el sector productivo regional puede confirmar. El comerciante resuelve el día. El empresario planea el año, revisa su modelo, diversifica sus ingresos y toma decisiones antes de que el entorno lo obligue. Esa diferencia, que parece solo semántica, define en la práctica quién sale adelante cuando cambian las reglas del juego y quién las padece sin haber podido prepararse. Dejarse acompañar por consultores especializados, por programas de fortalecimiento empresarial y por agencias que conocen el territorio no es una señal de debilidad ni un gasto innecesario. Es exactamente la decisión que toman quienes ya piensan como empresarios.
Para el emprendedor tolimense que opera con márgenes estrechos y sin un equipo contable de planta, todo esto puede sonar a un lujo de empresa grande. Pero hay recursos disponibles sin costo que vale la pena usar ahora: la Cámara de Comercio de Ibagué, Las agencias de consultoría o consultores de experiencia independientes que están vigentes en el departamento, los centros de desarrollo empresarial de entidades, los programas de fortalecimiento, las agremiaciones sectoriales ofrecen orientación tributaria, financiera y de modelos de negocio para sus afiliados y comunidades. La DIAN además tiene herramientas digitales de consulta que permiten conocer el estado tributario de cualquier empresa en tiempo real. El conocimiento está disponible. Lo que hace la diferencia es decidir buscarlo antes de que la norma llegue y no después de que el impacto ya esté encima.
Octubre es el mes en que el año empieza a mostrar su resultado real. Es también el mejor momento para hacer esas revisiones porque todavía hay tiempo de actuar. La reforma tributaria más grande de la historia de Colombia está en camino. La pregunta que cada empresario debería hacerse hoy no es si va a afectarle, sino qué tan listo está para recibirla.