Ibagué tiene que cambiar
La semana anterior iba caminando con mi esposa por la calle 60 de Ibagué y me encontré de frente con una valla publicitaria que contenía el siguiente mensaje: “Ya es hora de que Ibagué despegue, es tiempo de un empresario”. Estuve indagando y, efectivamente, me indicaron que el aviso pertenece a uno de los 17 precandidatos a la Alcaldía de Ibagué que ya existen en la baraja de nombres que buscan suceder a Johana Aranda en el primer cargo del municipio.
Además de que el calendario electoral no permite todavía poner este tipo de publicidades, la valla tiene algunas debilidades comunicativamente hablando, en lo que a colores y tipografía respecta, pero también en el propio mensaje que, aunque válido en medio de la discusión pública, a mi modo de ver está mal enfocado, pues más que un empresario, Ibagué necesita una persona distinta a los políticos de siempre, pero que tenga la ciudad en la cabeza y brinde soluciones a cada problema que tiene. La falta de autoridad y gobernanza, el caos de la movilidad, los niveles de desempleo, la poca atracción de inversión, la falta de vías, entre muchos otros problemas, hacen parte de lo que ya está sobrediagnosticado, pero que nadie ha sido capaz de solucionar. Es decir, más que un empresario, Ibagué necesita una especie de gestora o gestor comprometido, que hable menos y haga más, y que, más que un político, sea un gerente de alto nivel que trabaje sin descanso y sin majaderías.
Yo coincido plenamente con la idea detrás de la valla. Ibagué requiere candidatos distintos a los políticos de siempre, e incluso a los nuevos que han perdido una oportunidad valiosa de ser distintos. Es más que evidente cómo las malas prácticas en la función pública han hecho carrera en la ciudad, así como las polémicas que rodean muchos de los procesos que se han realizado en medio del ejercicio del poder o de las corporaciones. Concejales que no van a las sesiones, que pasan sin pena ni gloria y, aun así, quieren repetir o dar el salto a la Asamblea; diputados a los que no les conocemos la voz, pues nunca aportan nada a las discusiones de la realidad del departamento; e incluso directores y secretarios de despacho que llegan a esos cargos sin la preparación académica debida, más allá de la recomendación de un político. Justamente esa es una de las razones principales por las que Ibagué no ha avanzado como debería avanzar: la repartija de escenarios de poder a personas que no saben de administración pública o de los cargos que les encomiendan.
Es cierto: ya es tiempo de que en Ibagué se piense en alguien distinto. La elección del presidente Abelardo de la Espriella nos demostró que una inmensa mayoría de colombianos están cansados de los políticos de siempre y que lo que requieren es una persona que, como se le dice popularmente, le ponga el pecho a la brisa a los problemas de la capital tolimense. Que no esté inmerso en polémicas innecesarias, que tenga una hoja de vida limpia y con ejecutorias que mostrar, que tenga preparación académica, pero, sobre todo, que tenga su vida personal resuelta, pues ya estamos cansados de que quien quiera llegar al primer cargo del municipio lo haga para resolver sus finanzas personales y no los problemas de la ciudad.
Basta ya de pensar en que hay que votar por Fulano o Zutano porque es el candidato que quiere dejar Mengano. Ese es el otro problema que ha impedido que Ibagué crezca y se desarrolle como debería ser: Rubén Darío Rodríguez le heredó a Chucho Botero; Chucho le heredó a Luis H. Rodríguez; posteriormente, luego del paso de Guillermo Alfonso Jaramillo, quien también quería heredarle a su amigo Alberto Girón, Andrés Hurtado le heredó a Johana Aranda, como si el primer cargo del municipio fuera una hectárea o una parcela digna de incluir en un testamento. El tema se mantiene, pues ahora Aranda, según se sabe, quiere heredarle a su exsecretario de Agricultura, a quien hace un año nadie conocía y a quien no se le conoce éxito alguno en medio del ejercicio público, y el ciclo continúa.
Ibagué no puede seguir siendo una ciudad administrada bajo la lógica de las herencias políticas. La Alcaldía no es un patrimonio personal, ni una cuota burocrática, ni un premio para quien haya acompañado a determinado dirigente durante una campaña. Es el lugar desde el cual deben tomarse decisiones que afectan la vida de cientos de miles de personas y, por esa razón, exige preparación, carácter, experiencia, capacidad de ejecución y, sobre todo, independencia para gobernar.
Por eso, más que preguntar quién es el candidato de quién, o de seguir eligiendo a los mismos de siempre (así sea con nombres distintos), los ibaguereños deberíamos preguntarnos quién tiene realmente la capacidad para asumir el desafío de transformar la ciudad. El próximo alcalde o alcaldesa no tendrá que recibir una herencia política: tendrá que recibir una ciudad llena de problemas y demostrar que sabe administrarla.
¿Está esa persona dentro de esos 17 precandidatos que andan ya diciendo que quieren ser alcaldes?