Del cambio al orden: ¿y si ahora tampoco estamos satisfechos?
Durante cuatro años Colombia escuchó una palabra hasta el cansancio: cambio.
El cambio era la respuesta para casi todo. Para la desigualdad, para la inseguridad, para la corrupción, para la pobreza, para la salud, para la educación y hasta para aquello que nunca tuvo solución porque ningún gobierno, por poderoso que sea, puede resolverlo todo.
El país cambió de presidente. Y con él también cambió el discurso. Ahora la palabra que domina el escenario es: orden.
Orden en las calles, orden en las cuentas públicas, orden en la seguridad, orden en el Estado. Una buena parte de los colombianos que durante años reclamaron resultados al anterior Gobierno ahora espera que el nuevo cumpla exactamente lo que prometió.
Y aquí aparece una pregunta importante: ¿y si ahora tampoco estamos satisfechos?
Porque sería demasiado fácil decir que todos nuestros problemas eran culpa de Petro. Tan fácil como afirmar ahora que todo lo que salga mal será responsabilidad del que acaba de llegar.
Nuestro país tiene una peligrosa costumbre política, convertir al presidente de turno en responsable absoluto de nuestras frustraciones. Si baja la inflación, es mérito del Gobierno. Si sube, culpa del Gobierno. Si disminuye el delito, es porque por fin llegó la mano dura. Si aumenta, entonces el Gobierno fracasó.
Y así pasamos cuatro años buscando culpables y cuatro años después buscando salvadores.
La oposición, por supuesto, tendrá la obligación de ejercer control político. Pero también tendrá que demostrar algo que en Colombia escasea: coherencia. No se puede exigir transparencia cuando se está en la oposición y justificar el silencio cuando se llega al poder. Tampoco se puede condenar la polarización de ayer mientras se alimenta la de hoy.
Sin embargo, el Gobierno tiene una responsabilidad aun mayor. Haber sido elegido para recuperar el orden no significa tener licencia para equivocarse sin consecuencias. El orden también implica respetar las instituciones, aceptar la crítica, rendir cuentas y entender que gobernar no consiste en ganar permanentemente discusiones en redes sociales.
Esta sociedad no necesita cambiar de enemigo cada cuatro años. Necesita cambiar una cultura política en la que celebramos al gobierno que promete y condenamos al que no cumple, pero rara vez nos preguntamos qué responsabilidad tenemos nosotros en el país que estamos construyendo.
Tal vez el verdadero desafío de esta nueva etapa no sea demostrar que Petro estaba equivocado ni que De la Espriella tiene razón. Es demostrar que Colombia puede exigir resultados sin convertirse en la barra brava de ningún presidente.
Aquí ya cambió el discurso, cambió el presidente y cambió el enemigo político. Pero si seguimos esperando que cada gobierno nos salve de todos nuestros problemas, quizá lo único que realmente no ha cambiado somos nosotros.