No atizar el fuego…
El Tolima está viviendo una emergencia bastante compleja. Las imágenes de montañas cubiertas por humo, bosques convertidos en cenizas, animales huyendo de las llamas y familias viendo amenazados sus hogares nos recuerdan una verdad que a veces olvidamos: el territorio que habitamos también necesita que lo defendamos y lo cuidemos.
La magnitud de la emergencia es preocupante. En los últimos días se han reportado decenas de incendios en diferentes municipios y miles de hectáreas afectadas. La Gobernación del Tolima incluso declaró la calamidad pública ante la gravedad de la situación, y apenas ayer, la gobernadora Matiz en compañía del ministro Rodrigo Lara, insinuó que también podría haber manos criminales detrás de la calamidad, lo cual sería aún más lamentable, pues no se explica como ante la gravedad de lo que expertos internacionales han catalogado como el “Súper niño”, hubiera también la mano del hombre insensible y en este caso y según lo manifestado, el accionar de las llamadas disidencias de las FARC.
Y es que detrás de la emergencia, no solo está la gobernadora “haciendo show” como han dicho algunos politiqueros que han querido sacar provecho político del momento. Está el campesino que pierde un cultivo, la familia que teme que el fuego llegue a su vivienda, el ganadero que necesita alimento para sus animales, el bombero que lleva horas enfrentando las llamas, y claro, el voluntario que se interna en una zona de difícil acceso, y que sabe que la tragedia no tiene tintes, ni colores políticos, pues quienes han llegado hasta allá solo para arengar en contra de la gobernadora y desestabilizar la institucionalidad, deberían estar lejos de la situación, y haciendo política desde los espacios correspondientes, no en la emergencia.
Ayudar no significa necesariamente convertirse en bombero ni exponerse ingresando a una zona incendiada. Por el contrario: las labores de control deben estar en manos de los organismos especializados.
Hoy se siguen necesitan elementos para quienes están combatiendo el fuego, entre ellos motobombas de espalda, fumigadoras de motor, guantes, chaquetas, batefuegos, picas y palas. También se requieren alimentos para animales, tanto para el ganado como para la fauna afectada, y aquí aprovecho para felicitar a los estudiantes de medicina veterinaria y zootecnia de la Universidad del Tolima, y que junto a integrantes del hospital veterinario, han llegado hasta los lugares afectados para asistir a los animales.
Desde luego, también se puede ayudar a las familias damnificadas con alimentos no perecederos, elementos de higiene y otros productos de primera necesidad, siempre canalizados a través de entidades que puedan garantizar que las ayudas lleguen realmente a quienes las necesitan.
Pero quizás la mejor forma de ayudar y que cuesta muy poco, es no provocar el próximo incendio. Buena parte de estas emergencias tienen relación con actividades humanas. Colillas mal apagadas, quema de residuos, fogatas abandonadas o una práctica aparentemente inofensiva puede convertirse, bajo condiciones de sequedad, altas temperaturas y viento, en una tragedia de enormes proporciones.
Finalmente, y aunque no haya necesidad de ir y gritárselo a la gobernadora en medio de la emergencia, hay que decir que el Tolima necesita una política permanente de prevención de incendios forestales, fortalecimiento de los cuerpos de bomberos, vigilancia de las zonas de mayor riesgo, educación ambiental y capacidad de respuesta durante las temporadas secas. No podemos esperar a que la montaña arda para preguntarnos cuánto vale protegerla. El Tolima es nuestra casa, y una casa que está en llamas necesita solidaridad, pero también necesita que todos hagamos algo para apagar el fuego y no atizarlo como siguen haciendo quienes piensan contrario al movimiento político de Matiz Vargas y el mismo presidente De la Espriella.