Entre escombros y cenizas: aquí renace la esperanza
Hay momentos en los que las palabras parecen insuficientes. Mientras buena parte del centro-occidente colombiano intenta asimilar las consecuencias del terremoto que sacudió al país, el Tolima enfrenta simultáneamente otra tragedia: el fuego que consume miles de hectáreas y ha obligado a declarar la calamidad pública. Risaralda, Caldas, Quindío, Valle del Cauca, Chocó y Tolima atraviesan días que quedarán marcados en nuestra memoria. En unos lugares quedaron escombros; en otros, cenizas. Detrás de ambos están las familias, los sueños y el patrimonio que durante años construyó nuestra gente.
Hoy no quiero escribir solamente sobre destrucción, sino sobre solidaridad, reconstrucción y esperanza. Mi primer pensamiento está con las víctimas; con quienes perdieron un ser querido, su vivienda, su negocio o aquello que construyeron durante toda una vida. También con los campesinos afectados por los incendios y con bomberos, socorristas, médicos, Fuerza Pública, voluntarios y ciudadanos que llevan días enfrentando el fuego y removiendo escombros. La tragedia ha sido enorme, pero también lo está siendo la solidaridad.
Esta parte de Colombia comparte mucho más que una geografía. Desde Chocó y Valle del Cauca hasta Risaralda, Caldas, Quindío y Tolima somos pueblos construidos entre montañas, cordilleras, cafetales, ríos y volcanes. Gente acostumbrada a levantarse temprano, trabajar duro y enfrentarse a una geografía maravillosa, pero también desafiante. Por eso, aun en medio del dolor, estoy convencido de algo: esta región volverá a ponerse de pie.
La atención inmediata es indispensable: alojamiento temporal, alimentación, agua potable, medicamentos, atención hospitalaria y acompañamiento psicológico. Pero simultáneamente Colombia debe comenzar a pensar en el día después. Y allí tenemos una oportunidad histórica; no reconstruir simplemente lo que teníamos, sino construir una región mejor, más segura y mucho más resiliente.
Necesitamos un gran plan de reconstrucción que articule al Gobierno nacional, gobernaciones, alcaldías, empresarios, universidades, gremios, cooperación internacional y comunidades. Un verdadero pacto regional con recursos, responsables, cronogramas y resultados verificables. La magnitud económica también será gigantesca; estimaciones iniciales sitúan alrededor de los $20 billones el costo de reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto.
Habrá que reconstruir viviendas, pero esta vez garantizando rigurosamente las normas de sismorresistencia. Habrá que recuperar hospitales, colegios, vías, puentes, acueductos y servicios públicos, pero pensando en infraestructuras capaces de resistir las próximas décadas. También tendremos que proteger empresas, comercios y empleos, reactivar rápidamente el turismo y acompañar financieramente a miles de familias que necesitarán volver a comenzar.
En el Tolima tendremos otro desafío inmenso. Cuando logremos apagar el último incendio comenzará la tarea de recuperar nuestras montañas. Los incendios han afectado miles de hectáreas y mantienen comprometidos numerosos municipios del departamento. Habrá que restaurar suelos, proteger cuencas y nacimientos de agua, recuperar bosques y fortalecer considerablemente nuestra capacidad de prevención y respuesta. Porque reconstruir no significa solamente volver a poner ladrillos; también significa devolverle vida a la naturaleza.
También tendremos que aprender. No podemos impedir que la tierra tiemble, pero sí decidir dónde y cómo construimos y qué tan preparados estamos. Los incendios y fenómenos climáticos extremos también deben recordarnos nuestra responsabilidad con el territorio. Durante demasiado tiempo hemos actuado como propietarios de un planeta del cual apenas somos huéspedes; hemos deforestado, contaminado y ocupado zonas vulnerables sin medir suficientemente las consecuencias. La naturaleza no se venga ni castiga; somos nosotros quienes debemos aprender a convivir con sus límites.
Y existe una obligación moral innegociable; cada peso destinado a las víctimas debe ser sagrado. La reconstrucción deberá contar con fiducias, auditorías independientes, trazabilidad contractual y veeduría ciudadana. Ningún corrupto puede enriquecerse con esta tragedia. Robarse un peso destinado a reconstruir una vivienda, un hospital o una escuela sería robarle por segunda vez a quien ya lo perdió casi todo.
El centro-occidente colombiano ya sabe lo que significa reconstruirse. El terremoto de 1999 dejó una cicatriz imborrable y, sin embargo, aquella región volvió a florecer. De los escombros surgieron nuevas viviendas, empresas, infraestructura, turismo y oportunidades. Esa experiencia también dejó aprendizajes institucionales que hoy deben recuperarse para la nueva reconstrucción.
Esta vez también lo lograremos. Llegará el día en que donde hoy existen escombros volverán a levantarse hogares; donde quedaron cenizas volverán a crecer árboles; regresarán los cultivos, abrirán nuevamente los comercios, llegarán los turistas y nuestras ciudades recuperarán su alegría.
Esta parte de Colombia volverá a levantarse. Porque podrán temblar nuestras montañas y arder nuestros campos, pero ninguna tragedia podrá destruir nuestra solidaridad, nuestra esperanza ni esa inmensa capacidad de nuestra gente para levantarse, reconstruir y volver a empezar. De los escombros y las cenizas volverá a nacer la esperanza.