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El niño llega y el agua no alcanza para todos si cada uno va solo

Colombia arrancó un nuevo ciclo político esta semana. Pero hay otro tema y realidad que no espera y en el que debemos tomar acción.
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Adriana Matallana
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Suministrada
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9 Ago 2026 - 10:56 COT por Adriana Matallana

Ya está en marcha: el fenómeno de El Niño fue confirmado oficialmente el 11 de junio por el gobierno colombiano, y los datos más recientes de la NOAA indican que existe una probabilidad del 96% de que sus condiciones persistan entre noviembre de 2026 y enero de 2027. El IDEAM prevé reducción de lluvias por debajo de los promedios históricos en las regiones Caribe, Andina y Pacífica, aumento de temperaturas y presión sobre embalses y caudales. Ante esa perspectiva, el Consejo Nacional para la Gestión del Riesgo ya aprobó la declaratoria de situación de desastre nacional para anticiparse al impacto. No es un protocolo preventivo menor. Es el reconocimiento de que lo que viene puede ser severo.

Para el Tolima, esta noticia no es abstracta. El departamento es uno de los principales productores nacionales de café, arroz, cacao y plátano, cultivos que están directamente en la línea de impacto de una sequía prolongada. La región Andina, donde se concentra la producción cafetera tolimense, podría registrar una reducción de lluvias cercana al 32,6% durante el segundo semestre, según cálculos de Grupo Cibest. Y el sector ya llega debilitado: la producción nacional de café cayó 33,5% en el primer trimestre de 2026, afectada por factores climáticos, costos crecientes y menor precio internacional. Que encima de ese escenario llegue El Niño con la intensidad que proyectan los modelos es, para el productor tolimense, una presión real sobre su capacidad de sostenerse.

La vulnerabilidad del agro colombiano ante este fenómeno tiene una raíz estructural que vale la pena nombrar: el 72% de la agricultura nacional depende del agua lluvia. Eso significa que la mayoría de los productores no tiene sistemas de riego que les permitan amortiguar un déficit hídrico prolongado. Cuando llueve, producen. Cuando no llueve, pierden. Y esa exposición directa al clima, sin colchón tecnológico ni financiero suficiente, es uno de los problemas más serios que enfrenta el campo colombiano, no desde hoy sino desde hace décadas. La diferencia ahora es que el evento que se aproxima podría ser uno de los más intensos en 75 años, según estimaciones del propio IDEAM y de centros climáticos internacionales.

Pero el impacto de El Niño no se detiene en la finca. Viaja hacia abajo por toda la cadena económica y termina tocando al ciudadano urbano de maneras muy concretas. Según el análisis de la Universidad Nacional, el fenómeno genera presiones inflacionarias directas, especialmente en alimentos y energía. El precio de los perecederos sube cuando la oferta cae. Y la energía eléctrica se encarece porque el 62% de la matriz eléctrica nacional depende de fuentes hídricas: cuando los embalses bajan, entra la generación térmica, que es más costosa y que en 2026 depende en buena parte de gas importado, cuyo precio es aproximadamente 77% superior al del gas producido localmente. Esa cadena de efectos puede añadir entre 0,7 y 1,9 puntos porcentuales adicionales a la inflación anual, según proyecciones de Grupo Cibest. Para una economía que ya tiene inflación por encima del 5%, ese empuje adicional no es menor.

La pregunta que cualquier modelo de negocio debería hacerse hoy no es si El Niño va a llegar, porque ya llegó. La pregunta es qué tan expuesto está su sistema a que acciones a y omar ahora, antes de que la sequía esté en su punto más alto. Revisar la estructura de costos energéticos, diversificar proveedores, construir inventarios estratégicos en productos sensibles y fortalecer la relación directa con productores locales son movimientos que no requieren grandes presupuestos pero sí requieren hacerse con anticipación. Jorge Bedoya, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, lo puso en palabras muy claras: si un productor pierde su cosecha por sequía y no tiene seguro agropecuario, no tiene desde dónde volver a empezar. Esa misma lógica aplica para cualquier negocio que dependa de la cadena de suministro agrícola: el riesgo no es el clima, es no haberse preparado cuando había tiempo.

El Tolima tiene campo, tiene productores y tiene una economía con raíces profundamente agrícolas. Esa fortaleza, en un escenario de El Niño intenso, puede convertirse en vulnerabilidad si no se actúa con anticipación, o en oportunidad si los actores del territorio se articulan para gestionar el riesgo de manera colectiva. Las regiones que mejor han salido de los episodios anteriores no fueron las que tuvieron menos impacto climático, sino las que llegaron mejor preparadas. Ese margen de preparación todavía existe. Pero se está cerrando

Y cuando se habla de preparación en el campo tolimense, hay que ser honestos sobre lo que esa palabra significa en la práctica. No se trata de soluciones que llegan de arriba hacia abajo ni de programas que tardan meses en ejecutarse mientras la sequía ya está encima. Se trata de decisiones que los propios productores, organizados entre sí, pueden activar desde ya. Las asociaciones de productores que comparten sistemas de captación y almacenamiento de agua lluvia han demostrado ser más resilientes que los predios individuales en episodios anteriores de El Niño. Los acuerdos entre vecinos para rotar cultivos según la disponibilidad hídrica de cada zona, o para compartir maquinaria y reducir costos en temporadas de baja producción, son prácticas que el campo tolimense ya conoce y que en este momento vuelven a tener toda su vigencia. El acceso a los seguros agropecuarios subsidiados por Finagro, que durante el primer semestre de 2026 beneficiaron a más de 19.400 productores en el país, es otro instrumento concreto que muchos pequeños agricultores del Tolima todavía no están usando, no porque no exista sino porque nadie los ha acompañado en ese proceso. A veces la solución no es nueva. Solo necesita que alguien la active.