42 horas: el reto que no da espera
Desde el 15 de julio Colombia trabaja oficialmente 42 horas semanales. No es un ajuste menor de calendario ni un trámite administrativo más. Es el cierre de un proceso que empezó en 2023 y que llega en un momento de presión acumulada para muchos negocios: salario mínimo que subió 23% este año, recargo dominical que pasó al 90% desde el 1 de julio, jornada nocturna que ahora empieza a las 7:00 p.m. en lugar de las 9:00 p.m. como ocurría antes de la reforma laboral, y un calendario que suma 19 festivos anuales, una de las cifras más altas entre los países de la OCDE. No es un cambio aislado. Es un triple choque normativo que ya está golpeando la estructura de costos de más de 1,4 millones de empresas formales en el país.
Los números son contundentes y es mejor mirarlos de frente. Según ACOPI, el costo total de contratar un trabajador formal en Colombia puede haberse incrementado entre el 20% y el 30% frente a años anteriores, dependiendo del sector. La reducción de jornada por sí sola eleva el costo de la hora ordinaria en un 4,76%, porque el mismo salario ahora se divide entre menos horas trabajadas. Si esas horas deben reemplazarse con trabajo extra diurno, el impacto puede acercarse al 6%, y en jornadas nocturnas o dominicales sube aún más. Fenalco estima que el incremento global de costos laborales para el sector comercio podría estar entre el 8% y el 12%. Para una mipyme que opera con márgenes estrechos, eso no es un porcentaje: es la diferencia entre mantenerse o no.
Y sin embargo, a la gran reflexión y pregunta que invito a los emprendedores y empresarios en reemplazo del sentimiento de caos, problema y queja, es : ¿qué están haciendo los negocios que mejor están navegando este momento? La respuesta, según el estudio de ACRIP que midió el comportamiento de las empresas en esta transición, dice mucho. El 51,2% reprogramó turnos. El 48,2% realizó cambios culturales en la forma de trabajar. El 30,1% reestructuró su organización interna. Y hay un dato que merece atención especial: el 9% de las empresas decidió ir más allá de la obligación legal y ya opera en jornadas de 40 horas, y el 4% trabaja en esquema de cuatro días a la semana. Eso no es resignación frente a la norma. Eso es lectura estratégica del entorno.
Ahora bien, el cambio cultural que menciona ese 48% no es solo una cuestión de horarios y turnos. Las empresas que más rápido están encontrando el equilibrio entre menos horas y mismos resultados son las que también están mirando hacia adentro, hacia cómo está su gente. El endomarketing, ese conjunto de estrategias orientadas a construir bienestar, sentido de pertenencia y motivación dentro del equipo, deja de ser un lujo de empresa grande para convertirse en una herramienta concreta de productividad. Un colaborador que entiende el propósito de su trabajo, que se siente reconocido y que tiene condiciones que le permiten rendir bien, produce más en 42 horas que uno desmotivado en 48. No es un argumento emocional. Hay evidencia suficiente que lo respalda, y los empresarios que aún no lo están midiendo están dejando un activo sin explotar dentro de su propia operación.
Porque trabajar menos horas no significa producir menos. Significa producir diferente. Las empresas que han logrado sostener sus resultados con jornadas reducidas son las que dejaron de medir el desempeño por el tiempo que la gente permanece en el negocio y empezaron a medirlo por lo que realmente ocurre en ese tiempo. Eso implica procesos más claros, tecnología mejor usada, equipos más autónomos y una cultura organizacional donde la eficiencia no es una diapositiva de presentación sino una práctica del día a día. No es sencillo de construir, pero es la única dirección que tiene sostenibilidad real en el mediano plazo.
Para el empresario y emprendedor de Ibagué, este momento exige mirada estratégica, no solo operativa. El comercio, los hoteles, los restaurantes y los negocios de servicios, todos los sectores que mueven la economía de esta ciudad, están siendo impactados de formas distintas, pero ninguno queda por fuera de la conversación. La pregunta que cada negocio debería hacerse esta semana no es cuánto le va a costar cumplir la norma, sino qué tan bien organizado está para que esas 42 horas rindan más que las 44 anteriores. Esa diferencia, multiplicada por cada trabajador y cada semana, define la competitividad de una empresa en los próximos años.
El reto no está en el número de horas. Está en lo que se hace con ellas. Las empresas que lleguen al cierre de 2026 con sus costos controlados y su productividad intacta no serán las que más resistieron el cambio. Serán las que más rápido entendieron que este no era solo un problema normativo, sino una oportunidad de transformación real. Y esa transformación, en Ibagué como en cualquier ciudad del país, empieza por una decisión que solo puede tomar quien tiene el negocio: dejar de gestionar el tiempo y empezar a gestionar los resultados, empezando por los de su propio equipo.