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Mientras el dólar baja, el campo colombiano llora: el drama silencioso que viven caficultores, productores y exportadores del país

La explicación es sencilla. Los exportadores venden sus productos en dólares, pero pagan todos sus costos en pesos colombianos: salarios, combustible, transporte, energía, impuestos y buena parte de sus insumos. Por eso, cada vez que el dólar baja, reciben menos pesos por exactamente el mismo café, las mismas flores o el mismo aguacate que exportaron el día anterior.
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Ecos del Combeima
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5 Jul 2026 - 8:32 COT por Alejandro Rozo

Mientras el gobierno nacional y buena parte del país celebran que el dólar continúa bajando, miles de caficultores, productores rurales y empresarios exportadores viven exactamente la realidad opuesta. Lo que para algunos representa una buena noticia al pagar menos por un viaje al exterior o adquirir un producto importado, para quienes exportan café, flores, aguacate Hass, limón Tahití, cacao, pescado, manufacturas y otros bienes, se ha convertido en un auténtico cóctel molotov económico que amenaza con llevar a la quiebra a miles de productores y empresarios. En términos sencillos, mientras unos celebran un dólar barato, quienes producen para exportar están viendo cómo se evaporan sus ingresos y, literalmente, están llorando lágrimas de sangre.

La explicación es sencilla. Los exportadores venden sus productos en dólares, pero pagan todos sus costos en pesos colombianos: salarios, combustible, transporte, energía, impuestos y buena parte de sus insumos. Por eso, cada vez que el dólar baja, reciben menos pesos por exactamente el mismo café, las mismas flores o el mismo aguacate que exportaron el día anterior. Y si, además, los precios internacionales también caen (como ocurre hoy con el café en la Bolsa de Nueva York) el golpe es doble. El caficultor termina vendiendo su cosecha a un menor precio en dólares y, para completar, esos dólares valen menos cuando llegan a Colombia. Es decir, trabaja igual, produce igual, exporta igual... pero recibe mucho menos por el esfuerzo de todo un año.

Pero el problema no termina ahí. Mientras los ingresos de los exportadores disminuyen, sus costos siguen aumentando. La gasolina continúa cara, los costos laborales son cada vez mayores y la logística sigue siendo una de las más costosas de América Latina. Lo más preocupante es que, aunque el dólar baja, los fertilizantes, agroquímicos, maquinaria e insumos importados prácticamente no reducen su precio. El productor recibe menos por lo que vende, pero sigue pagando lo mismo (o incluso más) por lo que necesita para producir.

A esta tormenta económica se suma otro obstáculo: la falta de seguridad y estabilidad logística. Más del 60 % del café colombiano sale por el puerto de Buenaventura, pero los bloqueos recurrentes en las vías del Valle del Cauca, los problemas de seguridad y la escasa capacidad del Estado para garantizar la libre movilidad han convertido el principal corredor exportador del país en una fuente permanente de incertidumbre. Mientras otras naciones fortalecen sus cadenas logísticas para competir en los mercados internacionales, Colombia continúa perdiendo competitividad por factores que podrían mitigarse con mayor coordinación institucional desde el gobierno nacional, inversión en infraestructura y garantías efectivas para el transporte de carga.

Si bien es cierto, una moneda fuerte puede beneficiar a los importadores y ayudar a moderar algunos precios, sin embargo, ese alivio no está llegando con la misma velocidad al productor. El exportador recibe menos pesos por cada dólar, mientras los fertilizantes, combustibles, maquinaria e insumos siguen costando prácticamente lo mismo. En la práctica, el productor siente todo el golpe de la revaluación, pero casi ninguno de sus beneficios.

Frente a este escenario, el debate no puede reducirse a celebrar o lamentar el precio del dólar. El verdadero desafío consiste en construir una política pública que proteja al sector exportador frente a los ciclos internacionales. Países con vocación exportadora han desarrollado herramientas como coberturas cambiarias, seguros de precio, fondos de estabilización y mecanismos de compensación para proteger a quienes generan divisas y empleo. Colombia no puede seguir siendo la excepción.

El nuevo gobierno tiene la oportunidad de convertir esta coyuntura en un punto de inflexión. Es momento de revisar la competitividad integral del comercio exterior, fortalecer la infraestructura logística, garantizar la movilidad de la carga, reducir costos y estudiar la creación de fondos de compensación para sectores estratégicos como el café, las flores, el cacao, el aguacate Hass, el limón Tahití y otros productos que sostienen la economía rural del país.

Porque el verdadero problema no es únicamente que el dólar esté bajando. El problema es que, mientras quienes producen para el mundo reciben cada vez menos por su trabajo, sus costos siguen aumentando. Ninguna economía puede aspirar a crecer, generar empleo y conquistar nuevos mercados si castiga precisamente a quienes traen las divisas que financian su desarrollo.

La verdadera pregunta ya no es cuánto vale hoy el dólar. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más podrán resistir nuestros caficultores, agricultores y empresarios exportadores soportando una tormenta perfecta de menores ingresos, mayores costos, dificultades logísticas e incertidumbre económica. El gobierno que asumirá el próximo 7 de agosto tendrá la enorme responsabilidad de devolverle competitividad al aparato productivo nacional y de comprender que las exportaciones no son un asunto exclusivo de quienes venden al exterior; son uno de los principales motores del empleo, la inversión, el desarrollo regional y el ingreso de divisas para Colombia. Llegó la hora de proteger a quienes producen, generan riqueza y llevan el nombre del país a los mercados internacionales. Porque cuando un exportador deja de ser competitivo, no pierde solamente una empresa; pierde el campo, pierde el empleo y pierde Colombia.

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