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La sociología del voto: una segunda vuelta difícil de leer y que aún no está definida

El elector moderno es menos disciplinado, menos partidista y mucho más independiente que hace veinte años.
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Ecos del Combeima
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7 Jun 2026 - 10:43 COT por Alejandro Rozo

Las elecciones presidenciales rara vez se deciden únicamente por programas de gobierno, propuestas económicas o discursos ideológicos. En realidad, las grandes decisiones electorales suelen estar determinadas por factores mucho más complejos como las emociones, percepciones, expectativas, miedos y estados de ánimo colectivos. 

La primera vuelta dejó una conclusión evidente; Colombia sigue siendo un país profundamente dividido. Sin embargo, la verdadera noticia no está en los votos que obtuvieron los dos candidatos finalistas, sino en aquellos millones de ciudadanos que respaldaron otras opciones políticas. Allí se encuentra la verdadera elección. Los votos de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo su fórmula vicepresidencial, de Sergio Fajardo, Claudia López, Santiago Botero y otros candidatos se han convertido en el principal botín político de la campaña. Aunque los votos no son transferibles de manera automática, gran parte del electorado de Paloma tiene mayor afinidad con Abelardo, mientras que los votantes de Fajardo, Claudia López y Oviedo permanecen más fragmentados. Por ello, el centro político será decisivo en la segunda vuelta, en un contexto donde el deseo de cambio parece tener una ligera ventaja sobre la continuidad.

El elector moderno es menos disciplinado, menos partidista y mucho más independiente que hace veinte años. Ya no vota necesariamente por estructuras políticas tradicionales, sino por percepciones, afinidades personales o coyunturas específicas. En otras palabras, los endosos políticos pesan cada vez menos y las emociones pesan cada vez más.

La historia electoral latinoamericana demuestra que cuando un gobierno llega a la recta final con altos niveles de desgaste, los electores indecisos suelen inclinarse hacia opciones que representan ruptura más que continuidad. No necesariamente porque estén enamorados del candidato opositor, sino porque consideran que es momento de corregir el rumbo.

Sin embargo, sería un error asumir que la elección está definida. Cepeda conserva algunas fortalezas. Tiene una base electoral ideológicamente cohesionada, una estructura territorial organizada y una narrativa que sigue siendo atractiva para algunos sectores urbanos, jóvenes y poblaciones históricamente cercanas al progresismo. 

Abelardo parece haber entendido mejor el estado de ánimo de una parte importante del electorado. Su discurso gira alrededor de conceptos sencillos y políticamente eficaces como la seguridad, la autoridad, el orden, el crecimiento económico y la corrección del rumbo institucional. Estos mensajes encuentran total receptividad en una ciudadanía preocupada por la inseguridad, el reposicionamiento y fortalecimiento de grupos ilegales, el aumento del narcotráfico, la inflación, el descalabro del sistema de salud, el deterioro fiscal y la incertidumbre económica.

Bogotá ofrece un ejemplo particularmente interesante. Aunque la ciudad sigue siendo un territorio disputado, los resultados mostraron cambios significativos en segmentos de clase media y sectores populares donde el discurso opositor de Abelardo de la Espriella logró penetrar con mayor fuerza que en elecciones anteriores. Esto confirma que el comportamiento electoral ya no puede explicarse únicamente por estratos sociales o identidades ideológicas tradicionales. El votante actual es más volátil, más pragmático y menos predecible.

Otro factor fundamental será la abstención. La experiencia demuestra que en una segunda vuelta no gana únicamente quien convence más ciudadanos, sino quien logra movilizar mejor a los suyos. El reto de Cepeda será mantener activas las bases del progresismo y convencer al centro de que representa estabilidad institucional. El desafío de Abelardo será evitar triunfalismos prematuros y consolidar el voto de quienes desean un cambio político sin generar temores sobre eventuales excesos o radicalismos.

Por eso la segunda vuelta no se definirá en los extremos. Se definirá en el centro político, en los indecisos, en quienes no militan en ningún partido y en quienes aún no saben si acudirán a las urnas. Es allí donde se encuentran los votos que terminarán inclinando la balanza.

Si la elección se definiera únicamente por el clima político actual, por el desgaste acumulado del gobierno y por la fuerza emocional del voto castigo, Abelardo de la Espriella parecería partir con una ventaja relativa a partir de los 663 mil votos con los que supero a Cepeda, situación que genera ambiente de triunfalismo, así como una importante porción de los votos de Paloma Valencia. Sin embargo, nada esta escrito, las elecciones no se ganan en las redes sociales, ni en los debates, ni en las encuestas. Las elecciones se ganan en las urnas.

Por eso la segunda vuelta sigue abierta. Lo que sí parece claro es que Colombia no está votando únicamente por un candidato. Está votando por una interpretación distinta de su presente y de su futuro. Entre la continuidad y el cambio, entre el miedo y la esperanza, entre la corrección del rumbo o la profundización del proyecto actual, los colombianos volverán a decidir qué país quieren construir.

Y en esa decisión, más que la ideología, será la sociología y el comportamiento del elector la que termine escribiendo el resultado final.

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