¡Hoy votaré!
He participado en muchas campañas políticas. He celebrado victorias y he visto derrotas. He escuchado promesas que parecían imposibles y también he visto cómo la realidad termina imponiéndose sobre los discursos más apasionados.
Por eso, a medida de que pasan los años, las elecciones además de producirme emoción, comienzan a generarme reflexión.
Hoy votaré, y lo haré con la convicción de que ningún candidato representa perfectamente lo que pienso. Nunca ha sido así. Quien espere encontrar un mesías en el tarjetón seguramente terminará decepcionado. La democracia no consiste en escoger seres perfectos. Consiste en escoger, entre opciones imperfectas, aquella que consideramos la mejor para el país.
Quizás por eso me preocupa el ambiente que hemos construido alrededor de la política y de todo lo que se desprende de ella. Pareciera que cada elección fuera una batalla final entre el bien y el mal. Que quien piensa distinto no es un ciudadano con otra visión de país sino un enemigo al que hay que derrotar a como dé lugar.
Yo no lo veo así. Tengo amigos que votarán diferente. Personas honestas, trabajadoras y profundamente comprometidas con nuestro país que llegaron a conclusiones distintas a las mías. Y no por eso son menos colombianos ni menos inteligentes.
La democracia debería servir precisamente para eso: para resolver nuestras diferencias con ideas, respeto, votos y no con la estigmatización, ni con odios.
Hoy, cuando entre al cubículo, pensaré en algo más importante que una campaña o un candidato. Pensaré en el país que quiero dejarle a mi hijo y a todos aquellos que vienen detrás de nosotros.
Pensaré en una Colombia donde emprender no sea una hazaña. Donde trabajar sí valga la pena. Donde la seguridad no sea un privilegio. Donde el Estado funcione sin asfixiar al ciudadano. Donde el mérito sea lo importante. Dónde las necesidades básicas estén satisfechas para cada hombre o mujer que habite este territorio y donde el esfuerzo tenga recompensa.
En la política hay sorpresas, pero no milagros, así que no los espero. La experiencia me enseñó que los problemas de Colombia son demasiado profundos para resolverse en cuatro años y demasiado complejos para caber en un eslogan de campaña.
Pero también aprendí algo importante: la indiferencia nunca ha solucionado nada. Por eso votaré. No porque crea que un presidente va a salvar a Colombia, sino porque sigo creyendo que Colombia vale la pena.
Y después de que se cuenten los votos, después de los discursos, las celebraciones y las derrotas, el país seguirá ahí. Exigiéndonos trabajo, sensatez y responsabilidad.
Porque al final, el futuro de Colombia nunca ha dependido únicamente de quien gane una elección,también depende de millones de personas que cada mañana se levantan a construirla.