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Estados Unidos ataca, Maduro cae, el tablero geopolítico cambia y Petro está más que advertido

América Latina observa dividida entre quienes celebran la caída de una dictadura y quienes temen el retorno de la intervención como norma.
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Alejandro Rozo
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4 Ene 2026 - 12:31 COT por Alejandro Rozo

La captura de Nicolás Maduro y la intervención directa de Estados Unidos en Venezuela no son un episodio aislado ni un acto improvisado. Son un terremoto geopolítico que reordena el tablero regional y confirma el regreso del poder duro como herramienta central de política internacional. Millones de venezolanos celebran hoy el fin de un régimen que los expulsó de su país; esa emoción es legítima. Pero la historia demuestra que la caída de un hombre no garantiza, por sí sola, la construcción de un orden estable, lo verdaderamente decisivo no es lo que ocurrió, sino lo que viene ahora.

Lo que ha ocurrido hasta este momento no es solo la captura de Maduro, sino la propia declaración del presidente Donald Trump de que Estados Unidos asumirá el control de Venezuela hasta garantizar una transición “pacífica y segura”, con la intervención estadounidense disponible incluso para administrar sectores estratégicos como el petróleo si fuera necesario. Este anuncio va más allá de la narrativa de liberación, plantea un rol de administración directa del país derrotado, algo inusual y profundamente significativo en el marco de la política hemisférica. La noticia ha encendido alarmas en gobiernos, círculos diplomáticos y capitales financieras de todo el mundo.

Me atrevo a describir tres escenarios geopolíticos posibles en Venezuela:
El primero es una transición tutelada por Estados Unidos, respaldada por algunos gobiernos del continente que ven el fin del régimen como una oportunidad de consolidar la democracia. Washington ha dejado claro que acompañará el proceso hasta garantizar una transición “segura”, con el petróleo venezolano como eje de estabilización económica. Países como Argentina, algunos gobiernos del Caribe y sectores políticos regionales verían con buenos ojos este camino. La ONU y la OEA, incómodas con la forma, intentarían construir un marco multilateral que legitime elecciones y evite el colapso institucional. El riesgo en este escenario es la pérdida de legitimidad interna si la transición se percibe como impuesta desde afuera, alimentando resentimientos e incluso resistencia armada.

El segundo escenario es un reacomodo interno del poder. Sin Maduro, sectores del chavismo, especialmente dentro del estamento militar y de inteligencia, podrían reorganizarse para negociar una salida controlada que preserve cuotas de poder, activos estratégicos y protecciones judiciales. No sería una ruptura total, sino una mutación del régimen. Este camino sería aceptado con pragmatismo por varios gobiernos latinoamericanos que priorizan la estabilidad sobre el cambio abrupto. Rusia y China, más interesados en proteger inversiones y contratos energéticos que en defender a una figura, apoyarían una transición pactada si garantiza continuidad y orden. Es una salida imperfecta, pero históricamente más estable que una transición forzada externamente.

El tercer escenario es el más peligroso, “fragmentación y violencia”: Si el poder se fractura entre facciones militares, colectivos armados, narcotráfico y redes criminales, Venezuela puede entrar en un ciclo prolongado de conflicto interno. En este caso, la región pagaría la factura de inmediato, nuevas olas migratorias, expansión de economías ilegales, presión sobre fronteras y una polarización política aún más profunda. La ONU alertaría sobre una crisis humanitaria, y la OEA quedaría atrapada entre estados divididos. Rusia y China denunciarían el precedente, especialmente si se traduce en prácticas hegemónicas, mientras se concentran en proteger sus activos estratégicos, particularmente petroleros. Este escenario confirma una lección amarga. Destruir un orden sin un reemplazo claro suele generar más inestabilidad que la que se pretendía corregir (Kissinger).

América Latina observa dividida entre quienes celebran la caída de una dictadura y quienes temen el retorno de la intervención como norma. Organismos como la ONU y la OEA intentan contener el daño al orden internacional, recordando que la soberanía y el derecho internacional siguen siendo principios esenciales. Rusia y China leen el mensaje con frialdad, pero conservando la calma, el mundo vuelve a operar por esferas de influencia, y el poder duro ha regresado al centro del tablero (entramos en modo Guerra Fría).

Colombia corre el riesgo de quedar atrapada entre dos fuegos, la escalada verbal y política del presidente Donald Trump contra Gustavo Petro a partir de las advertencias públicas de Trump, con acusaciones directas sobre narcotráfico y el mensaje explícito de que Petro “debe cuidarse”, no son simples excesos retóricos. Son señales de coerción política. En el lenguaje de Washington, significan que Colombia se encuentra en una difícil zona de riesgo diplomático.  Si el gobierno insiste en seguir desafiando a Washington, los colombianos podríamos terminar pagando una factura que no se mide en discursos, sino en sanciones arancelarias, menor inversión y una serie de medidas coercitivas que afectarían a empresarios y exportadores.

La historia no juzgará este momento por la captura de Maduro, sino por lo que venga después. Si el vacío de poder genera más caos que el orden que se destruyó, la victoria será táctica y la derrota estratégica. Para Venezuela, para la región y para Colombia, este no es el final de una crisis, es el inicio de una etapa mucho más exigente. Algunos gobiernos, incluido el colombiano, parecen no haber dimensionado todavía el tamaño del terremoto que ya comenzó.