En peligro importante reserva ambiental de Ibagué
El reciente avistamiento de un mono nocturno en inmediaciones de la calle 69, a pocos metros del parque del centro comercial Plazas del Bosque y la rotonda de la Universidad de Ibagué, volvió a encender las alertas ambientales en el norte de la ciudad. El ejemplar fue observado en árboles contiguos al conjunto Reservas del Bosque, en una franja verde que conecta relictos naturales urbanos con el bosque natural Ñancahuazú, uno de los pulmones ecológicos más importantes de esta zona de Ibagué.
Expertos que recorrieron el sector confirmaron que se trata de un mono nocturno (Aotus lemurinus), conocido popularmente como “marteja”, una especie presente únicamente en Colombia y Ecuador. Además de su valor biológico, estos primates cumplen un papel clave en la dispersión de semillas y son considerados especies indicadoras, lo que significa que su presencia evidencia un ecosistema activo donde también habitan aves, insectos y pequeños mamíferos.
En ese sentido, el primatólogo Cleve Hicks, doctor habilitado de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad de Varsovia, explicó que este tipo de hallazgos no deben tomarse como hechos aislados, pues “los monos nocturnos son especies indicadoras: si hay monos, hay un ecosistema funcionando. Ellos dispersan semillas y ayudan a regenerar el bosque”.
Para el investigador, conservar una población dentro del perímetro urbano representa además “un tesoro natural que merece protección”, especialmente en una ciudad que aún mantiene conectividad entre montaña y zona urbana.
Esa conectividad es precisamente la que hoy genera preocupación frente al desarrollo inmobiliario denominado ‘Plazas del Bosque Residences’, a cargo de CyU Constructora, proyectado en el mismo sector. En sus primeras versiones, el proyecto contemplaba torres de hasta 20 y 25 pisos, según la información que circuló en etapas anteriores.
Sin embargo, un asesor comercial de la firma confirmó recientemente que la propuesta fue reestructurada debido a inconvenientes con la autorización para la tala de algunos árboles de amplia antigüedad en el predio. Según explicó, la autoridad ambiental no habría autorizado parte de esa intervención forestal, lo que obligó a replantear el diseño inicial.
Asimismo, indicó que la nueva versión estaría próxima a salir nuevamente a preventa hacia mediados de año, aunque aún no existe claridad pública sobre la altura definitiva ni sobre si se mantendrán los 20 pisos inicialmente anunciados, pues la decisión final dependería de las condiciones ambientales y de lo que determinen las instancias competentes.
Más allá de la altura puntual del proyecto, durante el recorrido por la zona profesionales en arquitectura, ingeniería ambiental y planeación señalaron que el área conserva condiciones microclimáticas particulares, como menor temperatura frente a sectores completamente urbanizados, presencia constante de brisa y suelo natural permeable que facilita la infiltración del agua lluvia.
Desde esa perspectiva, Sonia Patricia Uribe, ingeniera civil, ambiental y politóloga, candidata a doctorado en Geografía, advirtió que el debate debe analizarse también desde la planificación territorial y el impacto climático.
“Aquí no solo estamos hablando de árboles, sino de un microclima urbano que regula temperatura y humedad”, explicó, subrayando que cuando se reemplaza suelo natural por concreto se pierde permeabilidad, aumenta la escorrentía y se reduce la infiltración hacia los acuíferos, lo que incrementa riesgos de inundación en un contexto de cambio climático.
Esa mirada técnica se complementa con la dimensión paisajística. Gloria Aponte, arquitecta y magíster en Diseño del Paisaje, enfatizó que la continuidad ecológica entre este fragmento urbano y el Bosque Ñancahuazú no solo permite el tránsito de fauna, sino que estructura la lectura visual y ambiental del sector.
A su juicio, una construcción de gran magnitud podría convertirse en una barrera física que interrumpa esa conexión y altere tanto el equilibrio climático como la percepción del paisaje. Por ello insistió en que estos proyectos deberían contemplar zonas de amortiguación, ya que “no se puede construir hasta el borde sin considerar el impacto paisajístico y ecológico”.
En esa misma línea, pero desde el análisis urbano, Eduardo Peñaloza, arquitecto y docente de la Universidad del Tolima, sostuvo que la discusión no debe centrarse en frenar el desarrollo, sino en revisar su escala y densidad en contextos ambientalmente sensibles. “No estoy en contra de los edificios, estoy en contra de cómo los estamos haciendo y de la densidad con la que se están planteando”, manifestó, al tiempo que señaló que la aparición del primate demuestra que el ecosistema aún conserva funcionalidad y que la ciudad está a tiempo de planificar mejor antes de que la presión constructiva debilite esa conectividad.
Aunque el Bosque Ñancahuazú no sería intervenido directamente por maquinaria, los especialistas coinciden en que sí podría verse afectado de manera indirecta si se fragmenta el corredor natural que hoy permite el tránsito de especies entre la montaña y la ciudad.
La reducción de masa arbórea y el aumento de superficies impermeables también tendrían repercusiones sobre cuerpos de agua cercanos como la quebrada Ambalá y el río Chipalo, incrementando la escorrentía y los riesgos en temporadas de lluvias intensas.
En este contexto, la pequeña marteja avistada en la calle 69 se convierte en símbolo de lo que aún sobrevive dentro del perímetro urbano y en una señal de alerta sobre el modelo de crecimiento que se proyecta para la capital tolimense.